Diario de León

Publicado por
Antonio Trobajo Díaz vicario episcopal de Relaciones Públicas
León

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T ecleo esta tribuna en la fiesta del santo patrono de los periodistas, San Francisco de Sales, el «dulce» (hoy diríamos «encantador») obispo de Ginebra en los primeros años del siglo XVII, el inventor del buzoneo para hacer llegar las hojas volanderas que editaba a las gateras de los hogares donde vivían los calvinistas que con él no querían ni cruzarse.

La tecleo con la memoria de tener viva la afirmación de que ser periodista es estar dentro de una de las profesiones de mayor riesgo. La tecleo a las pocas horas en que un tal Trump la tomara con la gente de los medios de comunicación social para decir que están «entre los seres más deshonestos de la tierra».

La tecleo a los pocos minutos de haber oído de buena fuente que la de ser periodista en España es estar condenado al desempleo o a una forma precaria de trabajo o a tener en él que tragarse los sapos de quien es dueño y señor de las manchetas. A uno se le viene a la mente aquel calificativo que terminó por ser epíteto y de ahí a ser nuevo sustantivo, «la canallesca», que se acuñó en tiempos no muy lejanos y que hoy algunos siguen utilizando espero que por pura ironía.

Quiera uno o no quiera, es evidente que la cultura actual es esencialmente mediática, aunque el soporte de la comunicación vaya evolucionando con mucha rapidez, del papel a las ondas, de las imágenes teleguiadas a los smartphones, de Internet a las múltiples y diferentes redes sociales. Es decir, que desde el siglo XVIII los medios de comunicación, articulados como ustedes quieran, no han dejado de ser «cuarto poder». Y ellos lo saben. Y lo ejercen.

El problema comienza cuando esa palanca que contribuye a mover el mundo se administra según diversas conveniencias. Y no siempre sanas y sanadoras. Pueden ser timón que dirige la navegación de la cultura, la cual es fruto de los modos individuales de pensar pero también causa eficiente de la configuración mental de personas y lugares.

Esta cultura popular la pueden dirigir hábilmente con la información, en la que la pericia de las adjetivaciones, el modo de hacer gotear los sucesos, el manejo adecuado de las frases parentéticas, el filtrado selectivo de los hechos o la formulación de los titulares están enviando un mensaje perfectamente sintonizado con la ideología sustentante.

La pueden orientar con la creación y el fomento de terminados criterios o valores, que colaboran a formar «opinión pública» por medio de la «opinión publicada»; ahí tienen su pujanza, descarnada o sutil, los editoriales, los artículos de fondo, las tribunas libres, las entrevistas, los juicios sobre las personas o los sucesos y hasta las, en algunos casos inducidas, «cartas la director». E incluso la pueden ir configurando con la forma de ofrecernos momentos o espacios de ocio, entretenimiento y humor, que en sí mismos son recados sagaces donde se pueden alimentar unas u otras convicciones, o mejor dicho, valores o contravalores, o dicho de otro modo, principios humanizadores o deshumanizadores.

Ejemplos hay muchos. Compañero tengo que es capaz de identificar a qué periódico pertenecen estos o aquellos titulares, sin más apoyo que la lectura que alguien le haga de los mismos.

Un ejemplo palmario, que me dejó descolocado, es el acierto con que atribuyó a este mismo diario un titular de hace unos días. Solo se lo leímos y le dijimos en qué sección se encontraba: «Antes romanos que curas». Hizo diana a la primera: en el Diario de León y seguro que es hablando del pretendido Museo de Semana Santa y de las excavaciones arqueológicas en el patio del Seminario. Así era, efectivamente.

Uno, tocado por lo sorprendente del acierto, comenzó a echar sus cuentas: ¿será por las preocupaciones arqueologistas de la sección? ¿será por la concisión de la fórmula, que simplifica veinte siglos en la contraposición de solo dos términos? ¿será por la agudeza de las comparaciones? ¿será por el coloquial sustantivo «curas», que no deja de tener sus connotaciones? ¿será por aprovechar el cliché aquel de «antes muerta que sencilla»?

Ni siquiera pasó por mi cabeza la sospecha de que detrás del titular hubiera ningún tufo anticlerical, ni ningún afán sensacionalista, ni ninguna crítica velada a las instituciones públicas que dedican partidas al intento, ni ningún sesgo que crípticamente contribuyera a poner arena en los raíles de la iniciativa, ni un guiño pícaro a quienes defienden los intereses del subsuelo romano leonés, ni un brindis a las generosidad del Obispado que ofrece parte de este edificio al servicio público, ni una palmadita cariñosa en la espalda de los cofrades que llevan decenios esperando. Acertó de lleno.

El titular era el que era: «Antes romanos que curas». Al pedirle razones al pitoniso, este se conformó con decir: «Elemental, mi querido Watson». Pues vale.

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