Diario de León
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MARINERO DE RÍO. EMILIO GANCEDO
León

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Sólo con ver flamear una pancarta ya me echo a temblar. Ondea la bandera y lo primero que se me viene a la cabeza es el aleteo de un cuervo negro, augurio funesto, señal de que algo poco bueno está a punto de suceder. Porque de un tiempo a esta parte tengo la impresión de que basta que un grupo de leoneses se unan y protesten —aunque leoneses unidos parezca un oxímoron, una contradicción, algo tan cercano en el tiempo y el espacio como la República de Platón— para aguzar los peores filos de aquello contra lo que luchan... o para acelerar la inmediatez de la catástrofe.

Sucedió con la salvajada de Riaño, una de las mayores vergüenzas sociales y medioambientales de la Europa democrática del siglo XX, algo hoy impensable, seis pueblos y una bella cabecera comarcal despanzurrados como por efecto de un bombardeo nazi; ocurrió con las manifestaciones en pro de una autonomía leonesa («nunca en la capital tanta gente se volcó por una idea», puede leerse en uno de los textos de la jefa Camino Gallego que acompañan la exposición 110 años de verdad, vayan a verla); sucedió con la integración de Feve, con las movilizaciones en apoyo a la minería, con las concentraciones para que no se vinieran abajo la azucarera de Veguellina, la editorial Everest o Antibióticos; para que los trenes pararan en los pueblos o no se cerrasen unidades escolares, para que no se instalara el CTR, para que la reconversión industrial fuera una realidad y no un balón pinchado, cáscara de la que otros, más listos, aprovecharon el fruto...

La historia reciente de este racimo de comarcas esquinadas y ceñudas es la historia de toda una riestra de fracasos sociales batallados con tanta dignidad como, en muchos casos, escasez númerica (en cuántas fotos hemos visto señoronas tapizadas de pieles, tomando café y viendo pasar a los manifestantes con un mohín de disgusto, como si les fueran a pegar alguna enfermedad) y, sobre todo, nula comprensión institucional.

Nos hemos manifestado mucho y mal.

Nos hemos manifestado, quizá, sintiéndonos derrotados de antemano.

Nos hemos creído la mentira de que no había alternativa.

Eso sí, el día que nadie levante la voz se alzará aquí, tan serena como gloriosa, la augusta paz de los cementerios.

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