TRIBUNA
En defensa de la obra de la plaza del Grano

S ucedió hace casi treinta años. Desde el Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León se consideró necesario entonces consolidar el empedrado de la plaza del Grano, reponiendo las faltas y protegiendo su singular morfología tradicional, pequeños lomos de canto rodado que permitían mantener en seco los sacos de trigo y mercancías, evitando los regueros del agua cuando llovía. Con el proyecto de los arquitectos Mateos Torices se levantó todo el pavimento de la plaza, se estabilizó la base de tierra con un poco de cal para dotarla de mayor resistencia y se volvieron a colocar los cantos rodados conservando su alomado tradicional. Pareció lógico acometer esta intervención, para frenar el deterioro del empedrado de la plaza. La obra fue realizada por los hermanos Seoane, consultados ahora para redactar el proyecto actual. Eran años en los que la Junta de Castilla y León comenzaba a asumir la responsabilidad del cuidado de nuestro patrimonio. Por suerte esta responsabilidad cuenta ahora con la implicación activa de ayuntamientos y diputaciones, en intervenciones que deberán resolver al mismo tiempo nuevas cuestiones, porque ha pasado mucho tiempo.
Casi treinta años disfrutando de la plaza y viendo crecer musgo, líquenes y hierba entre sus cantos rodados, mientras la lluvia, la nieve y el hielo (y los coches que siguen pasando furtivamente por ella) volvían a hacer su trabajo sobre el empedrado. Mientras, la sociedad defendía y consolidaba nuevos derechos como la accesibilidad universal.
La ciudad histórica de Santiago de Compostela, en la que tuve el honor de trabajar durante diez años, se salvó del abandono donde se hallan la mayoría de ellas gracias a un premiado Plan Especial de Conservación y Rehabilitación, que en vez de centrar sus objetivos en la mera conservación de «la piedra» impulsaba la mejora de las condiciones de uso de los edificios y del espacio público para mantener la ciudad habitada,siempre dentro de los límites que exige la conservación de su excepcional Patrimonio de la Humanidad. Además de mantenerla viva, el derecho a la ciudad, a sus servicios y a su patrimonio es tan importante como cualquiera de los derechos que hoy defendemos. Incluye la garantía de su disfrute a las personas que con los años ven minada su capacidad de movimientos, como pronto será mi caso y, con el tiempo, el de todos. Por eso no se entiende tanta agitación en torno a una intervención en la plaza del Grano que pretende consolidar una vez más su tradicional empedrado y hacer mínimamente accesible la plaza a todos los que desean disfrutar de ella.
Conozco al arquitecto Ramón Cañas Aparicio, autor del proyecto, desde los tiempos en que una joven Dirección General de Patrimonio intentaba reunir en cada provincia un puñado de técnicos que ayudaran en la conservación de nuestro Patrimonio. No era fácil, porque el trabajo mejor remunerado abundaba. Pero entre quienes se comprometieron a ello estaban José Luis y Goyo Torices, que ya no están con nosotros, y Ramón Cañas.
En mi opinión, nada de lo que se ha hecho antes y se hace hoy en la plaza es un capricho: ni estético, ni técnico ni político: es una necesidad, como lo fue entonces levantar todo el empedrado y volverlo a colocar como estaba. Como se hizo varias veces a lo largo d de su historia, como se seguirá haciendo en el futuro.
La plaza que me emociona desde niño no es la misma que descubrieron mis padres, pero tampoco la que disfrutaron mis abuelos ni los abuelos de sus abuelos. La plaza y las edificaciones que la bordean han sufrido intervenciones, meritorias unas y desafortunadas otras, y la fisonomía de la plaza poco se parece a la que debió ser en su origen. Pero no por eso la plaza ha dejado de ser «auténtica».
Auténtico es lo que asumimos y defendemos como tal porque permanece intacto en la memoria colectiva, vinculando nuestros recuerdos, vivencias y sentimientos con las sensaciones que nos evoca un lugar. Por eso, y a pesar de todos los cambios que soportó, la plaza del Grano sigue siendo la histórica y auténtica plaza, la que ahora vemos, disfrutamos y defendemos.
Cuestión diferente es que sea la plaza original. No lo es, pero tampoco pasa nada: sigue siendo nuestra auténtica y tradicional Plaza del Grano; como la Catedral, rehecha en gran parte en el siglo XIX; como el Campanile de la Piazza de San Marcos de Venecia, levantado de nuevo después de su colapso a comienzos del siglo XX; o como todos los templos japoneses, que son completamente reproducidos de nuevo cuando sus materiales lo necesitan. No por ello han dejado de ser auténticos; conservan sus características y los mismos materiales tradicionales, y permanecen así en la memoria de todos.
Como miembro de Icomos asistí a una reunión en la que se pidió a su autor una exposición detallada del proyecto para la plaza. No se apreció en el mismo nada que pudiera ser considerado un atentado al patrimonio, sino la respuesta a los problemas que deben resolverse y que en el proyecto están correctamente solucionados. Las inquietudes ciudadanas ante cualquier intervención sobre nuestro patrimonio son siempre lógicas, pero para ser además razonables necesitan estar fundamentadas. Creo sinceramente que en este caso no lo están, por mucho ruido que se haga para demostrar lo contrario. La intervención sobre la plaza resolverá algunos problemas pendientes. Entre ellos, un elemental sistema de desagüe para que el agua no corra por toda la plaza arrastrando la tierra que existe entre los cantos rodados y debilitando su resistencia, o la colocación de un mínimo enlosado de piedra o de tierra compactada en su perímetro que permita a todos llegar a la plaza y disfrutar del sol del invierno y de su sombra en verano. Al menos en sus bordes, porque el agreste empedrado tradicional y alomado seguirá impidiendo el tránsito de personas con dificultades o en una silla de ruedas. Invito a cualquiera a hacer la prueba.
La intervención también deberá impedir el tránsito de furgonetas y vehículos que se sigue produciendo de forma clandestina. En su compromiso con el patrimonio, el Ayuntamiento deberá asumir de una vez por todas que el empedrado tradicional es frágil porque no tiene ni tendrá debajo una losa de hormigón, y que es obligada una especial vigilancia a todas las horas y durante todos los días del año. Las multas no son suficientes, porque cuando eso ocurre significa que el daño ya ha sido hecho.
Cualquier intervención sobre el patrimonio exige un proyecto, un presupuesto y la participación de oficios especializados. La limpieza de una playa o de la maleza de un lugar pueden hacerse en meritoria y festiva hacendera con apenas cuatro indicaciones. Pero no así una intervención sobre la plaza, como la que se hizo hace treinta años o las que habrá que hacer en el futuro. Entre todos podemos limpiar un monte, pero una intervención rigurosa sobre el patrimonio, que es motivo de celebración, es todo menos una fiesta. Exige experiencia y conocimiento, oficio, tiempo y responsabilidad.
Sugiero que la energía depositada en contra de este proyecto se encauce hacia lo que realmente importa: seguir trabajando en la formación, información y sensibilización de los ciudadanos hacia su patrimonio, y garantizar el mantenimiento de la plaza en el futuro. Porque las consecuencias de nuestros actos más cotidianos también pueden suponer, sin quererlo, una amenaza real para lo que tanto defendemos. El año pasado, durante el comienzo de la tradicional procesión de Genarín en la Plaza del Grano, se pudo ver (está en Youtube) cómo un camión de varias toneladas acompaña la procesión en su recorrido por el empedrado de la plaza hasta desaparecer por la calle Juan II. La tan esperada celebración de la procesión pudo más que la observancia de las elementales precauciones para no dañar el empedrado, pero entonces ningún colectivo ni institución las reclamó.
Tengo la sensación de que no se ha dado toda la información a quien de manera bienintencionada se ha posicionado en contra del proyecto. Algunas manifestaciones vertidas en los medios de comunicación y redes sociales basan su protesta en la legítima exigencia de «conservar la memoria del lugar, proteger su excepcionalidad y su maravilloso empedrado para que no se convierta en un espacio público más». En mi opinión, la intervención propuesta persigue justamente lo mismo, para disfrute y la tranquilidad de todos. Por eso la defiendo, con la misma seguridad con la que siempre he defendido la Plaza.