Socorrer al vencedor
D e derrota en derrota ha llegado Pedro Sánchez a la victoria final, pero el fin está más lejos. Pocos ideales tenemos y los que nos quedan no son para tertulias.
Los triunfos son más envidiables que los fracasos, porque siempre debilitan a los rivales. La militancia, donde no militan más que algunos españoles, le han devuelto a Sánchez lo que nunca había perdido, pero ahora tendrá que vigilar las aglomeraciones.
Ha ganado legítimamente en 17 de las 19 federaciones y el cataclismo, a moderada escala nacional, ha empezado en el Congreso porque sigue habiendo vida después de la política, que es un sinvivir y para algunos un sin cobrar. Los que son sólo unos ‘humildes servidores de los acontecimientos’ no tienen por qué temerle al futuro, ya que suele presentarse cuando más se espera.
Las primarias, que no serán las últimas, no pueden alterar el producto de la riqueza nacional, en trance de recuperación porque la vida sigue. Es lo único que sabe hacer ahora que se ha acabado el fútbol, dejándonos sin dar pie con bola en los estadios de los televisores. Es verdad que hay triunfos con un regusto a venganza, pero mañana será otro día y pasado mañana otro.
¡Quién pudiera guardar alguno para cuando no haya! Esa era la aspiración de César Vallejo, el cholo peruano más célebre hasta que fue destronado por el admirable entrenador del Atlético de Madrid. Los que amamos el deporte hasta el punto de no fatigarnos jamás viendo como lo practican otros estamos tristes. Ha muerto el gran boxeador Luis Folledo, que tuvo la mala suerte de coincidir con los que eran aún mejor que él: Cazzo Pep y Nino Benvenuti.
Más vale llegar a tiempo que rondar varios años. Quiso ser torero ya al final, como hubiera querido Manuel Machado, que fue mi tío honorario predilecto y sigue siéndolo al cabo suelto de los años.