Diario de León
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SILUETAS gonzalo ugidos
León

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B egoña, la mujer de Pedro Sánchez, vivió su infancia en mi mismo barrio de Bilbao. De eso —y de política— hablamos cuando nos presentó el profesor Patxi Aldecoa en una fiesta de graduación en Somosaguas, en donde volvemos a ser vecinos. Como eso fue antes de que el Comité Federal tumbara a su marido de la secretaría general del Psoe, le profeticé que ella acabaría viviendo en La Moncloa siempre que su marido siguiera este consejo que tanto gustaba a Cela: «El que resiste, gana». Esa capacidad de algunos materiales se llama resiliencia. Cuando a Sánchez le pasó lo que le pasó, como todo el mundo, creí que se había puesto muy cuesta arriba que se cumpliera mi profecía. Di por sentado que el hombre no resistiría; pero resistió y ahora todo vuelve a ser posible. Lo que le separa de La Moncloa son cu?atro pasos. El primero, suturar un partido roto. El segundo,  sintonizarlo con los progresistas y los jóvenes que han ido abandonándolo en las urnas. El tercero, pensar qué harían sus colegas Jeremy Corbyn y Benoît Hamon y hacer lo contrario. El cuarto, confiar en que el PP vuelva a presentar a Rajoy, ya torrefacto, a las próximas generales.

La última encuesta del CIS confirma la tendencia al alza de las perspectivas de voto del PSOE: pasa del 17% en noviembre de 2016 al 20% y recupera el segundo puesto, por encima de Podemos. Si a eso añadimos el efecto «luna de miel» que se produce tras la nueva notoriedad del líder socialista, se acercará al PP, pondrá distancia con Podemos y tal vez pueda sumar con Ciudadanos, que sube también. Aunque por imprevistos vericuetos, ya no sería raro que se cumpliera mi profecía.

O sí, porque mi argumentación está viciada por una falacia que consiste en dar por fundadas contingencias que no son seguras y tal vez ni siquiera probables. He colado de matute algunas relaciones causa-efecto que son tan refutables como las del cuento de la lechera. Aunque Sánchez ha dado el primer paso, las consecuencias de su acreditada resiliencia no se producirán de modo irremediable. Va a necesitar o mucha suerte o algunas virtudes además de su capacidad de resistencia. El que resiste gana solo si, además, ha aprendido a ver crecer la hierba. La mejor escuela para eso es el fracaso, esa cicatriz que activa las neuronas. El fracaso solo es verdadero y definitivo cuando no se aprende nada de él. Sánchez dice que ha aprendido y aunque todo sugiere que no sabe cómo se llega adonde quiere ir, ya sabe al menos de dónde quiere huir y también conoce tres o cuatro caminos que no llevan a ninguna parte. Es bastante más de lo que sabía Susana Díaz que, por su ignorancia, siente ahora un pájaro atrapado en su pecho, aleteando impotente, buscando una salida.

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