Rumores
Lo que antes pasaba en la corte, con doncellas y comendadores intercambiando chascarrillos, sucede ahora en los barrios, adonde los políticos deberían ir más a menudo, para palpar lo que verdaderamente le interesa a la gente. No hay nada como darse una vuelta a media tarde por El Crucero y entrar en cualquiera de esos bares que, desde tiempos pretéritos, le confieren identidad propia: el Barrilete, cuyo nombre sugiere una oferta de licores y pinchos prometedora, o el Hostal Quevedo, donde a estas horas los parroquianos especulan sobre si las obras de la calle Astorga finalizarán antes del otoño. No tarda alguien en hablar de fútbol, el opio del pueblo, y al otro lado de la barra, con su socarronería habitual, Nacho repara en la gravedad de ciertos asuntos, como que a Manolo, el hincha más famoso de España, le hayan robado el bombo, o que Messi no haya invitado a toda la plantilla del Barca a su próxima boda. Qué desastre, qué ignominia, cabría pensar. Añade, por lo bajo, algo de patrocinadores árabes de moral dudosa y sirve una tortilla de aspecto tentador. En la tele aparece ese tipo con el pelo color zanahoria que gobierna el mundo y alguien insinúa que, como siga siendo tan bocazas, van a terminar por descerrajarle un tiro. Lo mismo se lo pega su mujer, comento yo, y un cliente de edad venerable asiente con una sonrisa. Con estos americanos nunca se sabe, agrega, y como si la cosa fuese por barrios, el informativo aborda otro caso de corrupción, algo sobre tramas eólicas o meteóricas, no se oye bien, pero la cosa, asombrosamente, apenas despierta una mueca de hastío en los presentes: en León hemos llegado a un punto donde la gente ya no puede tomar un prieto picudo sin que le amarguen el trago.
Como hace una primavera estival y nos vamos internando en aquello que Franco llamaba la 'pertinaz sequía que asuela España'