LA LIEBRE
Árboles
Las alamedas son coros de viejas que llaman al trabajo a media tarde. La margacena, que es como llaman por la vega del Porma abajo al vientín que peina la molicie del polvo de la siesta, abanica las hojas como si las acariciara para chivarse de los que descabezan un sueño en la modorra del verano. Los álamos temblones delatan con su aleteo, del plata al verde, del verde al plata, que en la era es momento de reanudar la labor. Al grano, al grano, que la paja la lleva el viento, se oye, mientras salen de las casas las paisanas que no han tenido apenas descanso al mediodía y por los caminos aparecen los paisanos con el sombrero hecho espadaña en la parte alta de la cabeza. Es hora, que ya han cantado los álamos blancos con la voz que les pone el aire en los dedos, de comenzar a trillar.
Los árboles tienen todos su mensaje cifrado para transmitir el legado que les dan los años, aunque a menudo no los sepamos leer porque hemos dejado de tratarlos, al igual que al resto de la naturaleza, como a un interlocutor válido. No sabemos cómo contar las primaveras que se agazapan en los anillos del tronco de un nogal, ni adivinarle los brotes que hacen nacer brazos a los manzanos, ni escrutar el braille que describe la corteza de un peral, ni traducir el silbido del avellano, ni adivinar quién roba el cobre para barnizar los cerezos, ni interpretar los líquenes blanquecinos que penden de los robles, ni encontrar el norte en el musgo de las hayas, ni hallar el rastro de la caza por la presencia del serbal, ni desmogar a los corzos en los abedules, ni mudar los dientes del espino cambrón, ni adivinar los meandros de los ríos por la escolta prieta que dibujan las choperas. Bajamos de los árboles para evolucionar pero nos olvidamos rápido de que arriba quedaban rastros nuestros de los que depende la vida. Pocas cosas se presentan más gratas que el cobijo de un árbol ahora que el sol se envalentona por encima de las peñas desde primera hora y no da tregua hasta que, vencida la collada, capitula el día en busca de un mañana. Deberíamos, como aconsejaban los griegos, plantar árboles, aunque sepamos que nunca vamos a sentarnos a su sombra. Saramago contó en sus memorias que su abuelo, cuando supo que iba a morir, se despidió abrazado, entre lágrimas, de los árboles de su pequeño huerto. Yo escogería un negrillo, como aquel que hacía blasón en la plaza para que presumiéramos los de mi pueblo. ¿A cuál te abrazarías tú?