MARINERO DE RÍO
El individuo de la Junta
Salí de allí cabreado y atónito, y con ganas de contárselo al mundo, qué sé yo, quizá hasta publicándolo en Facebook, ese muro de las lamentaciones de nuestro tiempo, pero un familiar me paró los pies y me bajó a tierra, haciéndome ver que el suceso, en realidad, no tenía casi nada de excepcional, que su épica era más bien escasa.
—¡Bueno! A ti lo que te pasó fue que te topaste con el individuo de la Junta.
Tardé en digerir que el maltrato al que había sido sometido era general y no particular porque así venimos siendo: queremos ser únicos y especiales hasta para lo malo. Pero luego me interesó el asunto, la figura sociológica recién descubierta, y decidí bucear un poco en la cuestión.
En efecto, parece ser que hay un individuo en la Junta, o varios. Puede que incluso no sea siempre el mismo, que su esencia salte de unos a otros en función del humor, estado de salud y número de goles encajados por su equipo el domingo. Y lo mismo ha de pasar en otros organismos públicos. No hay que generalizar, claro, porque la mayoría de funcionarios son gente seria, justa, limpia y eficiente, pero un buen día uno se da de bruces, ¡ah!, con el individuo.
Y el individuo, para empezar, te dice que no hace falta que te sientes porque la cuestión está muy clara. Y uno lo primero que hace es agarrar una silla porque duda de las facultades adivinatorias del tipo aun con su plaza bien ganada y todo.
La conversación fue surrealista y ni siquiera merece la pena ser reproducida. Su argumento era que el papel que tenía que sellarme no tenía «ningún valor» pero que, aún así, debía cumplimentarlo. Y que Hacienda, si le venía en gana, podía llevarme a galeras. «Esto es así, una lotería», decía. Y como, en su ingenuidad, uno piensa que la administración debe ser algo distinto de un juego de azar y que ha de estar abierta a todas las dudas, venga a repetirle que quiere hacer las cosas bien, por derecho y de acuerdo a la ley. Y él a lo suyo, erre que erre, empujándome a perder tiempo y a buscar en gestorías y amigos la información que no supo o no le dio la gana facilitar.
—Entonces, esto que hacen aquí, ¿no sirve para nada? —le pregunté, exhausto.
—Para nada.
Al menos en ese punto hemos de reconocerle cierta sinceridad.