Los libros a la calle
C reo recordar que se llamaba Aurelio, nos abordó en la calle a Rafael Saravia y a mí, mientras comíamos en la terraza de Casa Tino. Dábamos cuenta de un arroz socarrat, cuando apareció de la nada, vivaz y delgado, con un puñado de libros encima. Que si queríamos comprar uno, nos dijo. La mirada huidiza y sonriente, aferrando media docena de ejemplares que guardaban un equilibrio precario en sus manos. Yo le compré una novelita de Chester Himes, Rafa, más original, estuvo hojeando un tratado de ginecología de 1920. A mí me sonaba de haberlo visto antes, quizá en otro distrito, saliendo de un renault seis con su lote de libros usados: saliendo, tal vez, de otra dimensión, como si fuese visitando palacios a hurtadillas, sin ánimo de ofender, viajando por épocas a las que accedía a través de viejas puertas pintadas. Era tremendamente amable y en ningún momento se puso insistente o pesado.
Los ejemplares que llevaba eran sobras de librerías de lance, pero Rafa, que además de poeta, ha sido librero, me recordó que ese sería el destino de todos, incluyendo las ediciones más lujosas, aquellas cosidas en cartoné y papel estucado: tarde o temprano las hojas se irán deteriorando, la tinta desapareciendo, las tapas agrietándose como nuestra propia piel. Hablamos de los miles de libros que teníamos en casa y, tristemente, los imaginé amarillentos y apolillados, dejando en las baldas, pasados los siglos, gruesos montones de polvo.
Cuando empecé a venir a León, en esos veranos donde ni siquiera se insinúa la posibilidad de la vejez, había una feria casi permanente en Papalaguinda, de una extensión larguísima, y para mí aquello era como el paraíso, las horas desplazándome morosamente de un puesto a otro, en mañanas soleadas donde apenas había lectores ociosos. Recuerdo que fue allí donde descubrí las novelas de John Cheever, en ediciones baratas y descatalogadas que aún conservo en Babia. No sé por dónde andan, pero me aflige pensar que, en caso de encontrarlas debajo de otros libros, se desharán entre mis dedos con esa fragilidad necrótica de los manuscritos milenarios. A lo mejor, la solución es que los libros duerman al aire libre (precisamente), lejos de vitrinas o muebles macizos, para que su desintegración, su pérdida, tenga algo de heroico. En manos de hombres como Aurelio, viajando en el maletero de un renault de película de los setenta, elaborando una crónica viajera que alguien, quizá un joven que dilapida su tiempo en ferias antiguas, debería escribir algún día.
Me vienen a la memoria unos versos en la luz de la tarde: De niños/los libros de los mayores/nos parecen barcos náufragos/ que giran sin pausa/en un mar ausente: el océano de la memoria y la piedad.