Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Un grupo de leoneses fuimos convocados por Sofcaple a leer los preceptos del Fuero de León, que tiene ya mil años. Solemnidad y sencillez estuvieron a la par, como no podía ser menos en la Catedral. Se nos dio la posibilidad de leerlo en castellano, leonés o en latín. El único que lo leyó tal cronista Sampiro, con algo de centurión de la Legio VII, fue Fernando Arvizu, que para eso es catedrático de Historia del Derecho. Me alegré verle tan vital como siempre, incluso con cacha. No es el Reino de León mi campo de conocimiento, pero sí creo llevar muchos años escribiéndoles acerca de nuestra voz común, suma de todas las voces, coincidentes o discrepantes, que nos convierten no sólo en ciudadanos sino en prójimos. Nadie leyó mal su precepto, pese a la dificultad inicial de algún texto. La dicción que más importa la marca el sentimiento. Cada uno proyectó su ser individual en el tono en el que leyó, y a la vez sonamos en coherente armonía conjunta, como si lo hubiéramos ensayado. La Coral Gregoriana del Císter de Sandoval añadió emoción al acto. Personas, no personalismos. Mujeres, hombres, niños. Entre quienes leímos y entre quienes escuchaban. Todos a una, bajo las vidrieras. El obispo, Julián López, fue mucho más que un amable anfitrión, recibió con humildad sonriente. No hay jerarquías en lo esencial.

Suárez-Quiñones y José Luis Chamosa lograron con sus respectivas introducciones transmitirnos que no se limitaban a cumplir con un trámite. Estuvieron brillantes. Pero, como vengo recalcando, no hubo arriba y abajo. Éramos pueblo. Teresa Mata, la subdelegada del Gobierno, y Alfredo Méndez, el hostelero del Bar Benito. «Nadie es más que nadie», dice el sabio refranero. Sobre todo en la Catedral.

Me tocó leer el precepto 46: «...Y quien por fuerza lo hiciese que pague al Concejo cinco sueldos y que el Concejo le dé a él cien azotes en camisa y que lo lleven por las plazas de la ciudad con una soga al cuello». Al volver al asiento alguien me dijo; «Así se terminaba hoy con la corrupción». Le contesté con parsimonia medieval: «Con ella y con las existencias de soga». Un gran acto. Las niñas Eva y Marina nunca olvidarán que leyeron, y muy bien, un precepto. Todas las voces, una voz.

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