Publicado por
la gaviota CÉSAR GAVELA
León

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L a Ciudad del Dólar tenía su hotel, y sus fondas, sus cafés y sus amplios salones de peluquería para caballeros. La Ciudad del Dólar fue un mito, como el fruto de una buena novela, pero también fue verdad, con carne y sangre, dolor y alegría. Aquella urbe, la Ponferrada de la mitad del siglo XX, la que fue creada por la autarquía de la postguerra, y la que fue muriendo en los últimos años sesenta, existió. Y como toda verdad colectiva y meritoria, debe ser honrada. Su memoria de trabajo y lucha, de dolor y gozo.

El hotel por antonomasia de aquel tiempo era el Madrid. Allí se hospedaban los viajantes de postín, los políticos de gira provincial o los artistas que actuaban en los teatros Edesa y Adriano. En el Hotel Madrid se alojaban los prebostes de la minería, o los que aspiraban a serlo; los ingenieros altivos y aquellas mujeres tan guapas y lejanas que tal vez viajaban solas al fin del mundo. El hotel también era un mito para los ponferradinos del barrio de la Puebla, el auténtico escenario de la Ciudad del Dólar, junto con sus periferias de Flores o Cuatrovientos.

El reciente cierre definitivo del Hotel Madrid silencia un eco de aquella Ponferrada, solo un eco ya. Y uno piensa que, así como en otras ciudades de España los ayuntamientos con sensibilidad lírica y artística, han poblado sus calles de placas que recuerdan estos intangibles afectivos que unen e identifican a sus vecinos, tal vez el ayuntamiento de Ponferrada debería instalar unas placas que refuercen la memoria de los lugares o los emplazamientos más significativos de los tiempos del Dólar. Cuando la ciudad pasó de doce mil habitantes a cuarenta y cinco mil en menos de tres décadas. ¿Y qué lugares son esos? Entre los desaparecidos, podrían ser el emplazamiento del Teatro Edesa, los lavaderos, fábricas y talleres ferroviarios de la MSP, o, ahora, el propio del hotel Madrid, sin olvidar una referencia general a la avenida de la Puebla, emporio de la ciudad en aquel tiempo, con la competencia creciente de la avenida de España, que se haría con el triunfo en la transición. Entre los lugares que subsisten de aquella ciudad de inmigrantes y niebla, habría que distinguir la estación del tren de la MSP, y el barrio de sus chalets. Y Compostilla, claro, y la placa que dio nombre a La Placa, plataforma que hoy se halla en una situación catastrófica, por cierto. Y muchos otros lugares que los eficientes historiadores locales conocen muy bien. Para ilustrar, con sus textos, aquel tiempo ido. Aquel tiempo que nunca se va. Aquel tiempo que es el patria de tantos ponferradinos. Patria física y del alma. Del tiempo y las miradas. También patria de la pujanza de la urbe. De cuando tuvo la suerte de huir de su previsible destino de ser una ciudad menor, estancada y agrícola del noroeste. Para convertirse en un territorio de la industria, del vigor y de la épica.

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