HOJAS DE CHOPO
Quién manda aquí
El 18 de julio sigue produciendo algún sobresalto que otro, este año en el ámbito del fútbol, con el presunto desfalco de unos milloncitos de nada. La circunstancia remite a la necesidad de limitar los mandatos en todos los ámbitos. Y en el caso de las idas y venidas, escandalosamente millonarias de los jugadores, el cierre del grifo de las ayudas públicas, bajo cualquier fórmula, ha de repensarse seriamente y, en todo caso, con doble lupa. No vaya a ser que, como afirmó tajantemente un ministro, no seamos responsables de que los emigrantes quieran marcharse de sus países y demos tantas facilidades en otros casos. En todo este barullo en que nos estamos convirtiendo, lo bueno, que también hay, cómo no, se lo apropian los de casa, que, en lo más conflictivo, siguen echando balones fuera como si tal cosa. Ahí tenemos a la señora que se embolsa cantidades astronómicas del FMI mandando que no se suban aquí las pensiones ni se rebajen los impuestos. Los de aquí obedecen sustentándose en la autoridad del personaje, a pesar de que hablan sin escoceduras de que las cosas circulan ahora más que bien.
Asunto de mucho relieve son los Presupuestos Generales del Estado, apoyados, en este caso, para su aprobación por algunos grupos minoritarios que han sacado buena tajada del reparto, siempre, claro, en detrimento de otros colectivos y/o Comunidades Autónomas. Puro trueque. Interesado y pagado con creces. ¿No dicen que todos los ciudadanos somos iguales? ¿No esgrimen permanentemente el principio de solidaridad? ¿Quién manda aquí? Como casi siempre, la regla del do ut des, que viene a coincidir con el «dame pan y llámame perro».
Como ocurre con la tan cacareada quita aplicable, como atenuante y chantaje, al parecer, a alguna Comunidad. De producirse la ocurrencia, será evidente el hecho de que aquí la categoría de ciudadanos depende de factores que nada tienen que ver con el concepto de ciudadanía. Si la quita fuera colectiva, como se sugiere en algunos mentideros, el problema se agrava más aún: ¿Pagamos con nuestros impuestos los caprichos y megalomanías —nuestra geografía es un inmenso muestrario— de los políticos para que salgan en la foto orondos y presuntuosos? No sería este el mayor problema. El auténtico reside en la pretensión de favorecer al infractor. Los cumplidores han de conformarse con las migajas. Nunca puede ser buena esta filosofía política, que más parece filosofía del atr?opello. O eso creo. Obedece a otras razones.