Diario de León
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EL CORRO PEDRO VICENTE
León

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C omo bien ha divulgado el bueno de Jesús Calleja, el desolador aspecto que presenta el embalse de Barrios de Luna deja pocas dudas sobre los efectos de un cambio climático que a estas alturas, tras el devastador paso del ciclón Harvey por Texas, ya no se atreve a negar ni el mismísimo Donald Trump. La cuenca del Duero ha llegado a septiembre conservando apenas un tercio de su capacidad, menos de la mitad del volumen de agua embalsada en las mismas fechas del pasado año.

En Castilla y León, esta extrema sequía ha devenido en una fatídica «tormenta perfecta» de resultados catastróficos, arruinando la producción agraria y ganadera al tiempo que proporcionaba yesca a los incendios forestales. Doble desastre en una comunidad donde el sector primario sigue siendo imprescindible y el patrimonio forestal un tesoro natural irrenunciable.

Los estragos se remontan a la primavera, cuando se constató que la cosecha cerealista iba a ser un 60 por ciento inferior a la media habitual del último lustro. Ese fue el primer golpe sufrido por unos agricultores la mitad de los cuales carecía de seguro agrario. Después, la sequía se ha prolongado afectando al regadío y sus cultivos, castigados estos, para mayor inri, por el pedrisco de agosto. A la vista de lo cual, el sector se ha echado a la calle la pasada semana en Valladolid para reclamar ayudas directas tanto a la Junta como al Ministerio, al considerar que las medidas ofertadas hasta ahora no les sacan de la ruina que tienen encima.

Para que la tormenta fuera perfecta, las menguadas reservas hídricas han tenido que abastecer a la flota de hidroaviones dedicada a sofocar los incendios forestales que se han cebado sobre Castilla y León. Casi el 40 por ciento de la superficie quemada este verano en España se localiza en esta comunidad autónoma, donde hasta finales de agosto habían ardido 32.700 hectáreas. El incendio de La Cabrera, con alrededor de 9.000, ha sido el de mayor dimensión en todo el territorio nacional. Cierto es que la mano criminal del hombre está en gran medida detrás de esta lacra, pero no por ello los gobernantes están exentos de responsabilidad. La prevención sigue siendo la gran asignatura pendiente. Y no se trata solo de otra política forestal que priorice el cuidado y la vigilancia del monte durante todo el año, sino también de la persecución implacable de los incendiarios, que no pueden gozar de ningún encubrimiento social y menos aún de la laxitud de los jueces. «Nadie quema el monte ante notario», ha declarado el consejero de Medio Ambiente, quien lamenta lo complicado que resulta encontrar pruebas sobre la autoría de los incendios. De acuerdo. Pero lo inconcebible es que haya habido en el pasado autores confesos que prácticamente se fueron de rositas. Y de eso no podemos echar la culpa al cambio climático.

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