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Jesús María Cantalapiedra ESCRITOR
León

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E s mi intención al escribir estas líneas no mencionar la política y escarceos catalanes, ni hechos luctuosos recientes. Y lo conseguiré. Por deseo personal. Centenares de gacetas de grandes escritores periodísticos ya lo han hecho acertada o tendenciosamente en suficientes ocasiones.

Esta Tribuna se referirá a impresiones personales sobre mi experiencia catalana desde mi primera juventud hasta hace pocos años. Queda claro. Bueno… en realidad una pequeña licencia nunca viene mal, aunque ésta nos llegue por la vía literaria y su origen el autor de varios best-seller.

En un pasaje de la novela de Dan Brown, El símbolo perdido, dos protagonistas se enzarzan en una discusión sobre el software global. Uno de ellos afirma: «Exactamente. Un metasistema.

Una entidad única definida por la suma de sus partes. El cuerpo humano, por ejemplo, está formado por millones de células individuales, cada una de las cuales tiene diferentes atributos y propósitos, pero eso no le impide funcionar como una entidad única». Parece que está hablando de la conformación constitucional de Cataluña, pero tampoco hay que prestarle mucha atención pues se trata de una novela ficción y… ya se sabe, escolti. No obstante, ahí queda como licencia pues no deseo hablar de geopolítica.

Aún no he conocido el motivo por el cual los catalanes siempre han tenido mala prensa para el resto del país. ¿Será por desconocimiento del antiguo Condado de Aragón? Por estos pagos, entre otras cosas, se les tilda de tacaños, igual que en el resto de España.

Poco se rumorea sobre su capacidad de responsabilidad laboral, de su disciplina, de su afabilidad; de que fueron los impulsores de la modernidad, cultura y prosperidad nacional. Despectivamente se les acusa de hablar catalán. ¿En qué idioma hablan los nacidos en Almería, León, Zaragoza o Guadalajara? Está claro, en el mismo que aprendieron de su madre al tiempo que mamaban de la teta.

Pregunta: ¿Cuantas generaciones de ´charnegos` se buscaron la vida (y la encontraron) en el nordeste español? ¿Cuántos volvieron a sus orígenes? El actual entramado social está compuesto por tataranietos, biznietos, nietos e hijos nacidos del mestizaje, si es que se puede utilizar esta palabra para determinar la unión entre gentes de una misma etnia. Digo de una misma etnia.

Mi primera incursión barcelonesa ocurrió después de conocer París, allá por los años en que Jaime de Mora y Aragón tocaba el piano y servía copas en un pub de la Plaza de Cataluña. Ya llovió. Y fue curioso este primer contacto: la forma de vida y trabajar, el trazado de sus amplias avingudas, el trato con las personas me recordaron en mucho a la capital francesa, aunque el ejecutor de la transformación urbanística parisina, el arquitecto Haussmann, jamás llegó a degustar la butifarra in situ.

Después, intermitentemente, asistí a numerosos cursos mensuales de contenido laboral. Más tarde, a excepción de los fines de semana madrileños, viví cerca de dos años a la sombra de su famoso Liceo. Finalmente, a lo largo de casi tres lustros estuve presente en la mayoría de Ferias y Salones de Turismo celebradas en la hermosa ciudad.

Quiero decir que a lo largo de muchos años tuve la agradable oportunidad de conocer a sus gentes; a empresarios y obreros; a técnicos y grupos profesionales y familiares; a una ciudad, insisto, hermosísima, que me acogió con respeto y generosidad.

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Y, la esencia de Barcelona y por extensión Cataluña no está solamente representada por Gaudí. Su atmósfera urbana, su paisanaje y paisajes, son especiales, sobre todo para los que hemos tenido la suerte de disfrutar el «seni» e idiosincrasia de una región avanzada como existen pocas. Sí, Barcelona es bona y, yo diría que única, siempre y cuando mantenga el espíritu que la ha conformado durante centurias. Ojalá no me equivoque. ‘Adeu i fins a la propera’.