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ernesto escapa
León

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Con toda seguridad, la 66 edición del premio Planeta, que mañana se falla en Barcelona, hará justicia al mal fario de su número. No tanto por el resultado literario, que ahí ya caben pocas sorpresas, como por la guarnición que lo acompaña. Esta edición de la lombriz va a ser la última de su estancia barcelonesa, ciudad a la que se trasladó en 1959, en su octava convocatoria, y probablemente la peor arropada de los últimos tiempos, en que políticos nacionalistas y estatales compartían el festejo con la realeza.

El fundador del Planeta tuvo claro desde el principio el objetivo publicitario de su premio, que arrancó con una decepción leonesa en 1952. En realidad, las decepciones planetarias se sucedieron hasta su edición de plata, cuando el premio recayó En el día de hoy, de Torbado.

En 1952 el Planeta se falló en el Lhardy madrileño, dejando finalista a nuestro paisano de Montejos (1919) Severiano Fernández Nicolás, penalizado entonces tanto por su juventud como por el negro presagio de su novela, que contravenía la fulgurante política franquista de los pantanos, al aventurar, siete años antes de que ocurriera en Ribadelago, la rotura de la presa de Los Barrios de Luna con un saldo de cientos de muertos.

Lo que nunca pudieron imaginar los miembros de aquel jurado, que compartieron consomé, solomillo y pechuga con la concurrencia, es que relegando Tierra de promisión, que fue la que más les gustó, iban a premiar al responsable clandestino del Partido Comunista de España en Barcelona, Juan José Moreno, que presentó En la noche no hay caminos como Juan José Mira, su pseudónimo de kiosco. La tercera baza eran las Patillas rojas de Ximénez de Sandoval, biógrafo de José Antonio. Pero ya no eran tiempos para semejantes aleluyas. Y los jurados de Lara, que a menudo ni siquiera leían el puñado de novelas seleccionadas, siempre tuvieron claro para quién trabajaban.

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Incluso Juan Marsé, que después de dos experiencias nefastas, decidió dimitir para no tener que avalar nuevos bodrios. Pero nunca faltará un roto para un descosido. Todavía en los cincuenta, antes de llevar el premio a Barcelona en 1959, otros dos leoneses llegaron a la final. En 1957, el año que ganó Emilio Romero, estuvo en la baraja decisiva de novelas Almas sin cuerpo, de Ventura Bobis Zapico (1935-1972), un chaval del Crucero parapléjico, a causa de una zambullida estival en el Bernesga. Y un año después, Juan Ignacio Ferreras, leonés de Sabero, colocó La última semana de noviembre. En 1967 tropezó Crémer con Historias de Chu Ma Chuco y en 1984 Guerra Garrido con El año del wólfram. Sólo revalidó Fernández Santos con Jaque a la dama en el 92. Para resumir, dos premios y un par de finalistas en 65 ediciones. Sin mayores sorpresas.