TRIBUNA
Como escritor-lector

E s una pregunta manida y que surge siempre de forma espontánea: ¿cuales son los métodos de los creadores de escritos, libros, textos, etc.. que se arrogan el artificio de protagonistas, en realidad los únicos personajes de todo el saber escribir, con fundamentos propios y unívocos? En la lectura, cualquier lector curioso, puede que se las apañe por sí mismo, en cada momento y en cada coyuntura, sin que nada ni nadie le tenga que venir a echar un sermón cultural sobre lo que conviene leer y lo que no, ¿cierto?
Me vienen a la memoria posibles respuestas a semejantes preguntas, y son enrevesadas, ya que nadie puede suponer, que el sea o pretenda ser escritor, cualquier escritor, poeta, novelista o dramaturgo, al crear sus obras reales o de ficción, esté pensando precisamente, para nada, en llegar a formar parte de ese pensamiento tan problemático, como es el expresar su yo, sin respeto a los lectores. Pero a fin de cuentas a él, ¡qué le importa! Escribe como una separación de lo terrenal y sentir fuera lo que los demás vemos como cierto o real. Lo evidente, es que hay escritores (noveles o consagrados) que, por no pensar, no piensan siquiera, en sus presuntos lectores; son ellos mismos los que hacen su obra, como creen que deben hacerla, y la mayoría de ellos, para nada esperan reconocimientos, premios, honores e incluso a veces, ni siquiera editores.
Y llegado al punto de los nombrados impresores, marcando sus necesidades económicas. ¿Que libros escritos y realmente memorables, no en el momento de conclusión y presentación, sino en los tiempos de reconocimiento futuro, cuando el propio escritor de horas y días de trabajo, tenga que ser la historia la que dicte su valía? Diré, Faulkner, Orwell, Poe, Toole, Rousseau... la lista es larga, fue entonces cuando se les negó la entrada de sus escritos y libros; dijo, dijeron: Ahora podemos escribir, es ahora cuando podemos empezar a escribir, no nos hace falta que se nos publique nada.
Mucho más tarde, cuando entrevistadores variopintos les preguntaban por la dificultad de sus novelas y que había lectores que no las entendían, las respuestas irónicas de la mayoría, tan suyas y reales, eran, ¡que las lean tres o más veces! Me creo identificado con todos ellos, cuando en alguna ocasión me han hecho la misma pregunta, relacionada con artículos inocuos y banales, publicados en uno u otro medio de prensa escrita, contesto: cuando escribo, lo que sea y que realmente lo siento como tal, dejo algo de «carne» propia, si me conoces, lo entiendes seguro, en caso contrario, intenta conocerme y es seguro que entenderás lo escrito, nada digo de libro o libros, ya que en esa labor puedo abocar a más de uno a terapias inadecuadas, y lo cierto, es que si he escrito al respecto.
Doy por supuesto, como escritor novel, que cuando escribo y lo hago a menudo, lo que sea y de índole variopinta, lo intento con el pensamiento en algo o alguien, tal vez en un deseo de saciar mi propio ego, es igual, pero me aporta paz interior y entrenamiento, en cuanto que cuando se escribe, es necesario leer, cuanto más mejor.
Es muy posible que así sea, en cualquier caso la literatura, leída, escrita, como cultura general e inclusive como manifestación artística, tiene exigencias intrínsecas de excelencia, que no pueden pasarse por alto a tenor del texto capaz de afectar profundamente el alma de su lector, su propia personalidad más íntima, intentando conseguir estos efectos por sus características de verdad, bondad y belleza, pero sobre todo de humildad propia. El 28 de septiembre asistí a una charla/coloquio tremendamente interesante en la Biblioteca de León, sobre el arte de leer y escribir, impartida por Julio-Cesar Álvarez (psicólogo y escritor) y mi duda/as se acrecentaron en el sentido del enfoque de la mencionada charla. Escribir y leer ¿terapia curativa? ¿paliativa? Escribir y leer a fin de cuentas, no importa la situación o forma de hacerlo.
He dado por supuesto siempre, que el que escribe lo hace para algo o para alguien y añado en este punto, lo dicho por Alfredo Conde (escritor), robando vida a la propia muerte, en gran cantidad de ocasiones y ciertamente así será, ahora bien, la escritura y lectura en cuanto a las exigencias mencionadas y que no podemos pasar por alto, están tanto en el respeto de sus destinatarios naturales, como los lectores o posibles lectores, los oyentes, los contempladores y la propia escritura, que nos traslada en el tiempo y al mismo tiempo nos hace concentrarnos en ella, la que debe ser obligatoriamente publicada y la circunstancial, a la que hacía referencia la charla/coloquio, en ese aspecto terapéutico, aún sin un contenido coyuntural concreto, tremendamente íntima y en la mayoría de los casos, desgarradora. En cualquier caso y pese a dudas lógicas o matices apuntados, el leer, escribir publicando o sin publicar, te añade un arte de interesarte, no ya por ti mismo, sino a la vez, el recorrer ese carácter del destino que desconocemos, fortaleciéndonos con frecuencia, la fuerza del mismo en la razón y voluntad, dándonos grandes dosis de humildad y reconocimiento del hacer ajeno. Tanto el leer como el escribir, yo los entiendo como ocios laboriosos.