MARINERO DE RÍO
Agua
Agua, sólo agua. No pide uno más, visto el agostamiento otoñal de los prados y las camperas, temible e inusual estampa, y mucho, muchísimo tendrá que caer para saciar las sedes que han arruinado las fincas de cultivo y nos han dejado casi sin setas ni castañas, manjares irrenunciables de la cocina con escaños. Muy pronto saldremos a recibir la lluvia como saludan el monzón los hindúes: abiertos los brazos y aliviada la sonrisa, inmensamente felices por recibir en el rostro el agua que lava y que cura, el agua que fecunda y que purifica.
En cierto modo, nos está bien empleado. La sequía extrema, esa de la que solo se habla en páginas interiores, evidencia bien lo iluso y ridículo de las obsesiones humanas cuando se comparan con los mecanismos cósmicos que hacen posible nuestra vida en el mundo.
Agua, sólo agua. Agua pura que nos calme y nos sacie. Agua que nos colme.
Agua que aplaque, que sane heridas y que apague fuegos. Porque es tiempo de cosas tan básicas y fundamentales como el agua, o la convivencia, o el sentido común. No de negarle a nadie el agua, el pan y la sal, no de negarse a escuchar al otro, jamás de buscar una victoria con ribetes de humillación (hace unas semanas, un amigo catalán me decía, con respecto a las cargas policiales del 1-O: «Si yo veo un ultra cantando el Cara al sol, puedo encenderme por dentro, pero el día que justifique que le muelan a palos, ese día habré perdido, habrá perdido la democracia»). Estoy de acuerdo, y también en que en la Facultad nos enseñaron que ante cualquier conflicto, sean cuales sean los argumentos de uno y otro bando, siempre nos teníamos que poner del bando que sufre la violencia, nunca del que la ejerce...
Agua. Y continúo mirando los pantanos leoneses como cuencas de ojos vacías, y me pregunto para qué tanto dolor y tanto destierro de paisanos, tanto sacrificar valles y futuros, una política hidráulica destructora y bestial, hoy arrollada por el cambio climático —y en ese choque de trenes sí resulta fácil adivinar cuál de las dos locomotoras es más potente—.
Agua. Sólo agua. Y algo de empatía también. Agua fresca. Un abrazo, una palmada, una sonrisa, un gesto. Al menos algo puro como el agua en estos malditos tiempos de barro.