león en verso
Cuando la muerte no es el final
S ólo la muerte saca a la vida del encefalograma que aplana todo lo cotidiano; el pulso acompaña el giro del sol sin hacerse notar, sin darse importancia, nada presuntuoso, hasta que un día se detiene. Parada cardio respiratoria como expresión más extendida entre los partes meteorológicos, fríos y prosaicos, que resumen el jaque mate en el que acaba esta partida de ajedrez que jugamos sin tablero ni instrucción, ni opción a tablas. La muerte interesa porque pone límites. El vivo solía heredar el reloj del fallecido y la responsabilidad de dar cauce al tiempo que al otro le faltó; otra metáfora deliciosa con tornas de ensayo filosófico, a la altura del cara a cara ineludible que se libra entre Eros y Tánatos. La muerte. La suerte. Entre el vivo y el muerto no hay más que una puerta, siempre entornada, que deja paso a un tránsito de materia metafísica inalcanzable para la razón. Esa vecindad es la causa de la cascada de eufemismos de curso legal que alivian referencias en el obituario. El otro barrio encumbra el catálogo de recursos que nos hemos procurado para no mirar a los ojos a lo inevitable. La muerte no se entiende; se asume. Y ahí acaba todo lo que está al alcance del vivo y que un día pasará a engrosar la lista de residentes del camposanto. Luego está la muerte como negocio, donde no se debería incluir todo el ajetreo que define este día, con las lápidas y panteones empapelados de recuerdos que toman forma de flor, como símbolo de la memoria que prolonga lo que parece que acabó. Tan social y personal, tan íntimo y universal. Tan devoto y tan seglar, tan creyente y tan pagana como esa súplica humana que invoca por todos los enterrados en este cementerio. Los que polvo son; los que en tierra nos convertiremos. Los que fueron y los que vendrán. El culto fúnebre es vigoroso; lo mismo cuando bebía de las costumbres celtas a la luz del segundo creciente de otoño que ante esta confusa programación de la Fox, empeñada en emitir los capítulos de Halloween de los Simpson en mitad de noviembre, en esa hora aciaga en la que la decoración navideña asoma la patita por debajo de las estanterías del supermercado. No conviene subestimar el poder de la muerte, dama para los días cortos y las noches largas. Porque nunca se transmitieron más ganas de vivir que desde el lecho de agonía.