TRIBUNA
¡Un alecguinness para la república catalana!
A pareció de repente en el mapa irreal de los sueños un nuevo país mediterráneo. Limitaba al oeste con España y se escapaba como loco aventurero camino de la mar en busca de apoyos que nunca le llegaron, ni siquiera del terco Maduro. Juro que lo vi surgir como por arte de magia y salir de una urna de cristal mientras ultimaba mis preparativos para la clase de español de las nueve de la mañana de un viernes, 27 de octubre, que se me antojaba —también aquí—, más frío y gris que de costumbre.
Lo vi todo en la pequeña pantalla de la computadora. Por momentos lo miraba incrédulo, con ojos desorbitados, me quedé boquiabierto, petrificado, patidifuso casi turulato, desconcertado, humillado, avergonzado y, por supuesto algo cabreado. ¡No puede ser! ¿Cómo un grupo de insensatos aventureros, románticos trasnochados —novatos en las lides políticas—, endiosados ellos y con delirios de grandeza pueden cometer tamaña barbaridad contra una España que los ha mimado?
Los vi arremetiendo contra las leyes más elementales y sacras de la convivencia, el sentido común —va a tener razón mi profesor cuando nos decía: ¡cuidado muchachos, que el sentido común es el menos común de los sentidos!—… contra decenios de trabajo de millones de generosos, sumisos y pacientes brazos nacionales unidos en respetuosa fraternidad.
Cavilando estaba sobre tamaña desfachatez, cuando uno de mis estudiantes se asomó a la puerta, mutilándome el pensamiento. Llevaba un celular en la mano y con una sonrisa cabrona se rió de lo que estaba sucediendo en Catalonia. ¡There are crazy! ¡Están locos!, me dijo. Yo no pude más que sentir vergüenza de gobernantes ciegos que sirven de guía a ciegos e ingenuos, y adiviné que tras los abrazos efusivos del niño caprichoso, petulante, pero ya asustado, vendrían los lamentos y llantos de un futuro que bien seguro va a pasarles factura emocional, legal y jurídica.
El capricho ya está consumado, la virgen republicana ha tenido su boda irreal. A todo pulmón han proclamado una Cataluña suya, pero la luna de miel creo que va a ser demasiado corta para disfrutar de una res-pública (lección básica para cualquier estudiante de latín elemental. ¡Es una pena que no se estudie ahora latín!), que nos habla de algo de todos y para todos, hecho por todos, por todos sufrido y por todos disfrutado, no solo por ellos, por unos pocos que de tanto maquinarlo (¡somos los únicos, somos los mejores, somos la biblia en versos!), han acabado por creérselo. Aunque pensándolo mejor, he de decir que ellos ya vivieron su luna de miel por anticipado, ya ordeñaron bien la vaca nacional, por eso ahora, ni luna de miel ni leches en vinagre…
En un remolino de faldas y taconeo, pasó la secretaria del Departamento con otro mensaje muy diferente. No olvide, profesor, que nuestro presidente sacará a la luz muchos archivos secretos del asesinato de J.F. Kennedy. El presidente más carismático de la historia de nuestro país. Asentí con la cabeza y mis recuerdos se fueron a la España de los sesenta. Sin dejar de mirar la pantalla, la mente aterrizó en mis 18 años, cuando vestía de blanco y negro, exploraba Salamanca y en secreto soñaba con Che Guevara, Camilo Torres y la liberación de los pueblos sometidos, no de los que pretendían separarse por creerse más ricos, cultos, embadurnados de brillo y de billetes.
Juro que a miles de millas del Palacio de la Generalitat, este 27 de octubre, vi nacer la república catalana, de la que ya —echando chispas en la fragua—, maldecía mi abuelo: unilateral, amañada, y eufórica, pero poco después de acabar mi clase, muy pronto, en pie, asfixiada por la ley de todo un estado constitucional erguido, la vi agonizar. Ahora espero ver resucitar de nuevo, en aras de la verdadera democracia, la unidad nacional y la paz para todos, una comunidad autónoma Catalana creativa, pujante y emprendedora, orgullo de toda España, y no de unos pícaros que tras el golpe y atraco perpetrados, hablan de nuevo de una nueva oportunidad. ¿Para qué?, me pregunto.
Habrá que empezar de nuevo, no lo dudo, porque los del trabajo sucio tendrán que irse. De eso estoy bien seguro, porque ni sus tan cacareadas bravatas les servirán.
Solo he de lamentar el hermoso tiempo que hemos perdido, los cabreos que hemos pasado, los dineros públicos que se han malgastado, la mentira y el odio irracional que se ha fomentado, los incontables sufrimientos sin sentido de los más frágiles, escuchando cantos de sirena que nunca nos dijeron la verdad, como yo ahora pretendo, para propia sorpresa, decirla en este artículo, que pareciendo patriotero —¡por Dios que no lo es!—, porque estas palabras acaban saliéndome del corazón como a tantos españoles.
Hoy, en la puerta de mi casa colocaré con sano orgullo la bandera de España —¡ya era hora!—, y es posible que mirándola ría y llore a la vez.