EN BLANCO
Álvaro Miniomaña
Ya lo sentenciaron los clásicos con ese instinto suyo infalible: todo se cuece dentro de la familia, incluso el hacer niños. Una premisa sociológica que viene a redondear y culminar el santo lazo del matrimonio y bajo la que ha venido al mundo Álvaro Omaña, pequeño pero matón, diplomado en guapo y otro más en la extensa gama de criaturas que poblamos el planeta Tierra. Dicen que no es la carne y la sangre sino el corazón lo que hace a padres e hijos, y en este sentido el neonato mini-Omaña ha sido agraciado en la ruleta de la lotería existencial pues su padre es mi colega Toño Omaña, considerado desde siempre como el mejor de la clase y suficientemente conocido en los ámbitos culturales capitalinos. Espabilado por demás, tiene reputación de ir por la vida con el Paquito el chocolatero ya aprendido y de ser un hombre de la vieja escuela y como Dios manda, pues cuida de los suyos, lleva dinero a casa y arregla los grifos cuando le toca. La perturbadora sopa química hormonal llamada amor le unió con Alicia, una chica bonita como un cuadro que, más que su media, es por certeza y compromiso su naranja entera.
Llevada la pareja por la insoslayable necesidad de procrear y perpetuar la raza, ha dado forma a este Álvaro que desata una catarata de emociones entre sus abuelos Charo y José Antonio, invadidos ambos por la sensación que llaman atinadamente “felicidad interior bruta”. Benditos sean los dos. La partitura familiar y conyugal suena de lo más armoniosa en Chez Omaña, con todos los miembros de la saga ocupados en satisfacer una catequesis de la infancia para el recién llegado, que como todos los de su condición viene supuestamente con un pan bajo el brazo. Y con un ojo puesto en la educación futura, ya que lejos han quedado los tiempos en que los padres enseñaban a sus hijos a ser limpios y no mentir, y poca cosa más. Son los requisitos y costumbres que impone la maestría en el peliagudo arte de pescar pareja. En cuanto a las felicitaciones y parabienes, se admiten presentes y demás regalos, siempre naturalmente que sean caros y elegantes. Lo normal, vamos.