Diario de León

HOJAS DE CHOPO

Maragato rico y ocurrente

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Anda otra vez el panorama revuelto con el asunto de los paraísos fiscales, aunque uno no acaba de entender por qué razones. Mucho ruido una temporada, pocas nueces siempre. Y casi en fechas coincidentes, las listas de los hombres económicamente más poderosos del planeta, en las que aparece de forma sistemática un leonés. La circunstancia me da pie para recordar a otro paisano que, en su tiempo, fue ejemplo de poder económico y social, además de ser un personaje pintoresco, que aparece, entre otros, en los Episodios Nacionales de B. Pérez Galdós: «No abandona por nada del mundo la etiqueta popular de sus bragas maragatas. Es un hombre risueño y frescote en armonía con el traje castizo de su tierra». Hablamos, como posiblemente ya haya intuido, de Santiago Alonso Cordero (1793-1865), el popular «Maragato Cordero».

Propietario de la afamada «Casa del Maragato» en la Puerta del Sol madrileña, amasó una gran fortuna ejerciendo la arriería a gran escala. Político liberal, llegó a ocupar cargos de relevancia, entre ellos el de presidente de la Diputación de la capital de España, en cuyo ejercicio le sorprendió la muerte, debida a una epidemia de cólera que azotó Madrid. Una vida vivida con intensidad, que, entre tantas posibles consideraciones, dio pie a multitud de anécdotas, no pocas, sin duda, pertenecientes al colectivo de las leyendas urbanas.

Una de las más conocidas, o más socorridas, tiene que ver con una invitación a la reina Isabel II. No se ponen de acuerdo en si la invitación fue a su casa de la Puerta del Sol, o, aprovechando que la reina se dirigía a Galicia, a pasar unos días en su casa de Santiagomillas, el lugar de su nacimiento. Poco importa, de cualquier manera, para el asunto central. Para ganar la gracia real, Santiago Alonso Cordero le prometió cubrir el piso de su habitación –de toda la casa, afirman otros- con monedas de oro. «No puedo aceptar su gentil invitación –replicó la soberana-, pues, según estén colocadas las monedas de una u otra forma, pisaría o bien mi propia imagen o bien el escudo de España». El maragato respondió inmediatamente, haciendo gala de gran agilidad y gentileza. Y de riqueza, por supuesto: «No se preocupe, Majestad, mandaré que pongan las monedas de canto».

Es verdad que en aquella época no existían los paraísos fiscales. O eso creo. Pero claro que me gustaría saber qué lugar hubiese ocupado entre los ricos del momento. Lo que dio de sí la arriería.

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