León

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En casa de esos herreros los cuchillos son de palo. Ahí sí. Los gerifaltes de las principales empresas que mueven el negocio digitado, el sistema de comunicación, el operativo que interconecta a la gente, no llevan a sus hijos a colegios con dispositivos electrónicos. Porque saben que todo el precio de esa órbita se paga en facturas de capacidades personales; y cuanto más tierna es la edad, mayor es el coste. Los santones de Silicon Valley, los cerebros que han ideado la nueva postura que domina las relaciones sociales en occidente, las masas que no saben caminar si no es con la cerviz inclinada noventa grados sobre la vertical, no quieren que sus cachorros padezcan el mal que contagia al rebaño, que hoy sólo se advierte por un deterioro de las relaciones humanas. El artefacto de seis pulgadas que proyecta realidad a gusto del consumidor es la heroína de principios de los años ochenta, que barrió la capacidad de crítica y de respuesta de toda una generación mientras el narcótico le carcomía las entrañas. Así que los jefecitos que güeran las tendencias llamadas a dominar las adicciones sociales de aquí a que el agua salga de la carpeta de galería de imágenes demuestran que son listos; y no sólo porque eligen por los demás; sobre todo, porque no quieren para sus hijos el evangelio que predican. La situación está en un punto de no retorno. Tarde, hasta para la intención de la DGT de acabar con la costumbre temeraria de soltar el móvil y agarrar el volante. Las imprudencias se acumulan en el depósito de cadáveres, donde las víctimas mortales ponen cifra a la falta de conciencia sobre este fenómeno: uno de cada tres accidentes de tráfico con resultado fatal tiene su origen en haber puesto el ojo en el plasma en vez de la calzada; una cuarta parte de los conductores van así por el mundo. Tres puntos y doscientos euros de multa tienen poco o nada que hacer ante la dependencia, ante este apego, esta plaga creciente de coches sin conductor. Este es el mejor ejemplo de que el invento se ha cargado la facultad de pensar, que la factura de capacidad personal resulta incalculable. No estarán en sano juicio si resulta que son capaces de circular más de medio kilómetro al teclado del guasap. Haya lo que haya por delante. Los retoños de los ejecutivos del negocio no correrán por este valle de lágrimas.

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