Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Tres cosas se ha llevado don Mariano de su visita: una buena impresión de nuestra hospitalidad, cuarto de quilo de cecina y un trancazo de tres pares de narices. Si fue verle en las fotos del periódico y estornudar, él y su comitiva no se han marchado de aquí por menos de diez achises por barba, incluidas las señoras, dicho sea en metafórico. Este frío nuestro es medieval y no se combate con bufandina. Estuve ayer haciendo unas gestiones en el Ayuntamiento y coincidí en el pasillo con el alcalde, a quien pregunté por la visita. Se mostró muy satisfecho con la personalidad de Rajoy en la distancia corta, en definitiva, con su amabilidad. Algunos gobernantes son tan distantes que entre su ego y el resto de los mortales colocan un foso con cocodrilos. Silván acertó al comprender que lo de menos era ya el error que había propiciado su presencia, que el presidente adjudicase a Inglaterra ser la cuna del parlamentarismo, pues ya no volverá a pasar. El alcalde prefirió hablar del hoy y del mañana, reivindicó proyectos pendientes y mostró disposición a acoger otros nuevos, en vez de insistir en el yerro o en que donde esté nuestro Alfonso IX que se quite Enrique VIII, aunque, dicho sea de paso, no haya color. Cree que se han estrechados los lazos afectivos ya existentes, y que tendrá positiva consecuencia. Las energías —incluidas las verbales— hay que reservarlas para las grandes batallas, y en este caso no la había ni pequeña.

Nuestro legítimo orgullo parlamentarista quedaría en chauvinismo provinciano si no nos obliga a una majestad, a una elegancia en la disculpa del fallo ajeno, más cuando fue cometido sin mala fe. Silván planteó la visita no como una reparación a nuestro pasado, sino a favor del presente y del futuro.

Don Mariano, recupérese usted de ese trancazo que -damos por hecho- habrá cogido durante su parlamento en San Isidoro, a juzgar por la escarcha de su barba. Como casi leonés, sabe que el frío ya estaba y que no se lo pusimos allí adrede. Nuestra rasca es de exterior, pero de trato somos cálidos y hasta melosines. Y si el catarro le persiste, hay un remedio cazurro que no falla: sopa de ajo, orujo y manta del Val de San Lorenzo. O sea, menos Puigdemont y más León.

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