Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Se habla mucho de Cataluña, se habla mucho de Corea, se habla mucho de Trump (hasta se habla mucho de OT), pero se habla sorprendentemente poco de los cumpleaños infantiles. Y es muy raro que no salga en los periódicos porque yo me he encontrado bastantes más veces con gente que me cuenta este problema que con Donald Trump esperándome tras una esquina con un bate de béisbol (aunque todos vivimos con el temor de que un día, al abrir el cajón de las verduras, nos salude desde allí el senyor Carles, hecho un gurruño).

Antes, los cumpleaños erais tú y tus tres amiguitos del cole delante de unas cuantas mediasnoches y unos vasos de fanta, y luego bajar a hacer el cabra al parque. Los regalos podían oscilar entre un par de niquis y un rabo de lagartija que hubiera agarrado por ahí alguno de tus compinches. La cosa ha cambiado, y de qué modo. Ahora los cumpleaños de los chiquillos se han convertido en multitudinarias fiestas privadas que requieren de una infraestructura completa, de una logística profesional que incluye hojas de Excel para cuadrar las agendas de todos los críos de la clase y complejos algoritmos que decidan el cuánto y el cómo de los abonos de los obsequios, convertidos en montaña de papel brillante que el homenajeado va abriendo con gesto aburrido o semizombi. La celebración en sí es un torbellino de gritos ensordecedores, locas carreras y lloros súbitos, y uno piensa que es lo más parecido que ha visto en su vida a aquellos after hours de su mocedad, con chavales hasta arriba de sacarosa —sí, en algunos hay barra libre de chuches e incluso servicio de minibuses—, otros envueltos en agrias, temibles peleas, y algunos más deambulando de bajón, pequeños pero muy serios aspirantes a dipsómanos.

Hay que huir de esos cumpleaños-boda que dejan la tarjeta temblando y los nervios más aún, todo lo contrario que el Ayuntamiento capitalino, que busca flamantes efemérides hasta debajo de las piedras, y nunca mejor dicho. Por eso me declaro fan de aquel trabajador municipal de Astorga al que recurrían para todo tipo de labores y que manifestó, después de montar —casi él solo— el último programa de los dos mil años de la ciudad maragata: «¡Por los cojones me vais a pillar a mí en otro bimilenario»!

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