Frío en León
1 .- La nieve al otro lado del cristal. El silencio de la nieve en la montaña del Bierzo. El sonido del corazón en ese silencio. Y nosotros, niños, allí, descubriendo que había algo nuevo y secreto en el alma. Eso que la nieve nos traía.
2.-Los padres y los abuelos en la cocina, al anochecer. Y la visita de los tíos. Esa noche hablaban de las nevadas de aquellos días, de parientes que habían visto lobos; de un camión que cayó por un barranco del puerto. Las carreteras estaban cortadas. Y yo abría la portezuela de la caldera de la calefacción, echaba una palada de carbón y me quedaba mirando, fascinado, las llamas azules de la antracita. Con su cresta roja y amarilla.
3.-La sierra de los montes Aquilianos, al sur de la comarca: las remotas alturas donde Bierzo y Cabrera se juntan y, a la vez, se dan la espalda. Allí las cumbres heladas del invierno, los escenarios donde pocos habían estado. Ni siquiera en el verano. Ver las montañas inmaculadas desde la cocina de casa. Ver como el paso de las horas hacía que el blanco se fuera haciendo gris claro, o azul celeste con vetas de plata. ¿Cómo sería caminar por aquel témpano? Era remoto y, a la vez, se veía desde casa. La nieve estaba en el fin del mundo y al mismo tiempo estaba apenas a quince kilómetros en línea recta. Aprender que la nieve cambia la tierra, sus distancias. Y mezcla lo físico con el alma, la fuerza con la imaginación. La resistencia con la melancolía.
4.-Madrugar para coger el tren de Galicia, que nos llevaría hasta La Barosa un día de diciembre. Cuatro muchachos caminan junto a la nieve que jalona un río de piedras, sedimentado por las explotaciones romanas de Las Médulas. Llegar hasta los picos rojizos, ahora en parte blancos de las minas de oro. Continuar hasta Salas de la Ribera por el cañón de La Balouta, donde todos los charcos estaban helados.
5.-Una noche en Astorga. Venía de comprar un libro, eran las ocho de la tarde del duro enero de 1970. Al avanzar por la calle Leopoldo Panero, un túnel de viento glacial estuvo a punto de hacerme perder el conocimiento. Había diez bajo cero, el aire lo ahondaba cinco más. Por un momento no escuché nada, ni me daba cuenta de que estaba caminando. Tuve miedo, nunca había sentido antes la garra más gélida del viento; ni la volvería a notar como entonces. Conocí lo que sucede cuando el frío empieza a ser invencible. Pero pude salir de allí, alcancé mi cuarto: había derrotado a un gigante invisible. A un Polifemo de armas misteriosas.
6.-Un día de febrero del año pasado. Frío y lluvia, y yo caminando a solas por León. Es de noche, se acaban de apagar las luces de la catedral. Me voy cobijando por la calle Dámaso Merino, empapado, sin paraguas, y veo la casa del poeta. Una luz ilumina un árbol; otra se difumina en la galería.
7.-La lectura de El libro del frío, de Antonio Gamoneda.