Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Einstein decía que Dios no juega a los dados con el Universo. Y Hawking, que acaba de morir a los 76 años, 54 más de lo que los médicos habían previsto cuando le diagnosticaron esclerósis lateral amiotrófica, aseguraba todo lo contrario al explicar la existencia de los agujeros negros; «Dios no solo juega a los dados, sino que a veces los arroja donde no podemos verlos».

De todas formas, ahora que ha muerto, es necesario recordar que Stephen Hawking tenía claro que el Universo se creó de la nada, de forma espontánea, y no hace falta «invocar a Dios como el que encendió la mecha».

A Hawking no le faltaba sentido del humor. «La vida sería trágica si no fuera graciosa», decía desde su silla de ruedas, con la voz robótica de un viejo sintetizador de 1986 porque con los años no había encontrado otra que le gustara más.

Hawking sabía que la humanidad no es el ombligo de la creación. Pero tampoco hay que desdeñar la forma en la que hemos evolucionado. «Solos somos una raza de primates en un planeta menor de una estrella ordinaria, pero podemos entender el Universo», afirmaba. Y conocía muy bien el valor que tiene la vida inteligente. «La vida primitiva es relativamente común en el Universo pero la vida inteligente es muy poco frecuente. Algunos dicen que es tan poco frecuente que aún no ha aparecido en la Tierra», bromeaba hace unos años, durante su intervención por videoconferencia en el Festival Starmus de Trodheim (Noruega), según recoge La Vanguardia.

Y en aquel festival, preocupado por el cambio climático, la deforestación y la sobre-explotación de los recursos, nos dio un consejo. «Tenemos que salir de la Tierra. No tenemos futuro si no colonizamos el espacio», declaró. Hawking proponía enviar misiones tripuladas a la Luna otra vez y ensayar allí las tecnologías necesarias para viajar a otras galaxias, en busca de un nuevo hábitat para la humanidad. Y decía el cosmólogo que la vida inteligente tiende a la autodestrucción y quizá por eso todavía no hemos encontrado evidencias de que no estamos solos en el Universo. Porque esa es la paradoja de la humanidad; somos tan listos que nadie, ni siquiera Dios cuando arroja los dados, nos tiene que empujar al precipicio.

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