Diario de León
Luis Urdiales
León

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No vamos a cobrar la pensión. Es la única certeza de la que conviene no desconfiar. La pensión es el último río en el que abreva la sed el estado del bienestar, secuestrado por una estructura burocrática mastodóntica, que hoy basa toda posibilidad de subsistir en proyecciones de éxitos remasterizados, de cuando hubo opción de repartir —la riqueza— y no se hizo, y cuando al relevo generacional se le podía confiar todo la política social y económica del país. Que nos quedamos sin pensión como nos quedamos sin abuela está escrito en la pirámide esa, invertida del revés, con la que los estudiosos de la macroeconomía recrean el auto retrato de una sociedad en declive. En lienzo, para que parezca un accidente. No hace falta acudir a las salidas de los institutos para comprender que el subsidio de los jubilados es carne de cañón; el asunto es cuestión de aritmética; de cuántos serán a recibir y cuántos a pagar. No a apoquinar a un fondo público, según la creencia de que lo que se cotiza durante una vida laboral es ahorro para la pensión, como reconoció hace dos días un delegado sindical de postín. Tampoco parece viable la vía de sustentar la paga con nuevos mordiscos fiscales, impuestos. ¿A quiénes? ¿A los comerciantes que van a recibir un espaldarazo al despenalizarse el top manta? La gente vive bajo una tormenta perfecta: sanidad universal fascinante; sistema de pensiones hasta donde da la vista de sí, como un páramo; y nadie se cuestiona nada. Hasta ahora. Ahora, que no hay dinero. ¡Que no hay dinero! ¿Quieren subir las pensiones? Quítese el sistema de las autonomías y fluirá la pasta a borbotones, igual que mana la sangre en medio de una luna llena. El resto es retórica. Si el estado quiere gastar más dinero, sólo puede hacerlo a partir de endeudar los ahorros de la gente o con otra vuelta de tuerca a los tributos. Es pueril creer que alguien lo va a pagar. Alguien eres tú. El dinero público no existe; es de los contribuyentes. Otra razón más para pasar de largo de la fuente de la demagogia, atestada hoy por un aluvión de dinosaurios dispuestos a subirse el sueldo de diputados y secretarios generales al ritmo que la pensión. El tiempo apremia. Para los jóvenes de 1968; para los jubilados de 2018; los mismos. La capacidad analítica de las redes sociales triplica los reflejos de los guionistas del BOE, que se entretiene estos días con eso de la pensión permanente revisable. Nos pasa poco.

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