Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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En sus primeros tiempos, el turismo era un lujo y una aventura, pues la mayor parte del ancho mundo carecía de infraestructuras dedicadas a acoger a los viajeros. Era, también, una disposición de ánimo por la que admirarse ante cualquier cosa que se saliera de lo corriente. La retina aún no había conocido su rutina. La respuesta de la imaginación del hombre ante lo desconocido era la de maravillarse, ojiplático, volviéndose de alguna manera niña su mirada. La escasez de información sin duda contribuía a ello. Después de aquella era, afianzados los nacionalismos, comenzó la impermeabilización de las fronteras y los pasos de libre circulación se tornaron aduanas.

En nuestro siglo, donde todos los destinos compiten en el negocio de atraer visitantes, uniformando su oferta para hacerla comprensible a la «lengua franca» del turista tipo —y, a este paso, una ciudad se va a diferenciar de otra en el conductor del trenecito turístico—todavía hay lugares que pueden suponer una sorpresa y retrotraernos a esa infancia rescatada a través del estupor de la mirada. Puesto que se acercan las fechas, voy a compartir con el lector uno que me dejó estupefacto. No hay que ir muy lejos, pero hay que hacerlo en el día preciso. La encantadora Cuenca, con sus casas colgadas sobre la Hoz del río Huécar, puede recibir al viajero que la visite, como le ocurrió a uno, en el día del Sábado Santo, no con unos paisajes de postal sino con un espectáculo simpar, a mitad de camino entre la devoción religiosa y las madrugadas de Genarín.

Una aparente catarsis colectiva celebran esa jornada los conquenses, con niños a sus anchas mientras sus padres y abuelos comen y cantan alegremente descuidados, grupos de adolescentes bailan sin música, guardias urbanos abrazan a los transeúntes y un par de camiones con unidades móviles de televisión sestean aparcados junto a su catedral. Todo el mundo, a plena luz del día, estará trasegando por la calle vasos de un extraño líquido llamado resolí y que predispone a la francachela. No se trata, aunque al viajero ignorante se lo parezca, de un macrobotellón ni de una escena escapada de un cuadro de Brueghel, sino del pospartido —que dura todo el día siguiente— de la nocturna procesión de las Turbas, en la que el pueblo con palos y tambores reproduce la burla de que fue objeto Jesús camino del Calvario. Mejor es verlo.

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