Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Si digo diciembre de 1983, usted enseguida adivinará que voy a escribir del España-Malta. De aquel 12-1. Hacía entonces el campamento militar en Ferral. Pasé frío no, lo siguiente. Soy madrileño y era mi primer contacto con León y su recio clima. Un canario llevaba una semana sin orinar porque decía haber visto al Yeti rondando las letrinas. Algunos le creíamos. Aquella noche apoteósica, el suboficial al mando sumó a su habitual voz cascada los efectos de cantar los doce goles. Si le hacen la prueba, peta el alcoholímetro. Ahora los malteses dicen que hubo tongo, que alguien en el descanso les dio limones con una sustancia narcótica y que los jugadores españoles echaban espuma por la boca, por efecto de los esteroides. Bueno, tampoco El Cid estaba vivo cuando lo de Valencia y ganó la batalla. La verdad es que aquella goleada tuvo algo de suceso paranormal, pero no tanto como lo ocurrido ayer en el Parlament. El señor Turull sin necesidad de recurrir a la limonada madridista, amodorró a los suyos, a los rivales y a los mediopensionistas. La matraca no da para más. No podrá instaurar su Turulistán. Como repetía el canario: «Pícamelo menúo que es pa la cachimba». Pues eso.

Mientras, Puigdemont, sigue con sus bolos y tendrá muy difícil superar eso suyo de: «¿Es más importante un juez que dos millones de catalanes?» Pues sí, claro que puede serlo. De hecho, van a ser los jueces quienes van a cerrarles el quiosco. Su demagogia ya no puede dar más volteretas sobre sí misma. Por fortuna, la Cataluña constitucionalista volvió ayer a demostrar que no acepta ser arrinconada y nos ofreció un gran parlamentarismo.

Y Boadella les golea donde más les duele: en su falsa importancia. El humor absurdo es un eficaz regate a tanta verborrea vacua. Acaba de marcarles doce, sin ni siquiera encajar uno. En Waterloo, frente al palacete de Puigdemont, proclamó que había venido a mantener un encuentro con Puigdemont al «más bajo nivel». Pero lo del expresident no se arregla con un vaso de limonada trucada. Qué menos que un litro por barba. O, mejor, como dice el refranero castellano: «Chocolate y agua fría, cagalera a mediodía». A don Carles le pierde el dulce. Lo digo, claro que sí, por dar ideas.

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