TRIBUNA
Epitafio
T radicionalmente, los cementerios se integraban en los pueblos al arrimo de la iglesia parroquial, erigida en lugar destacado para seguir pastoreando, como lo hacía con los vivos vigilantes o menos, a los difuntos dormidos (pues eso es cementerio, dormitorio). Compartían espacio en una continuidad que podríamos llamar natural, de modo que, si no puede decirse que convivieran, por ausencia de la parte «dormida», coexistían y la coexistencia se vivía con naturalidad. Había procesiones con paso obligado por el cementerio adosado, al comienzo o al fin y por otra parte la misma entrada al templo se hacía en muchos casos por el cementerio ante la portada. La familiaridad incluía el respeto, aunque también el miedo, sobre todo de los más jóvenes. Era proverbial que estos, particularmente de noche, pasaran junto al cementerio con rapidez y silbando o cantando para disimular el miedo y también para que el ruido así producido impidiera llegar a sus oídos otros posibles y sospechosos ruidos procedentes del interior. Por lo demás, pueblos había que incluso celebraban los bailes de las fiestas junto a la tapia al son de una orquestina o la flauta y el tamboril. El ruido mismo era una tapia infranqueable para el miedo.
En tiempos antiguos los enterramientos se hacían dentro del recinto del templo. Más tarde se buscó un espacio exterior en el entorno inmediato, que era por ello sagrado, y así precisamente se llamaba: «el sagrao». Sobre todo cuando se enterraba dentro, pero también fuera, teniendo en cuenta que los espacios eran reducidos y la mortalidad alta, se imponía el desentierro temprano para nuevas ocupaciones. Los huesos y las calaveras desenterrados se depositaban en los osarios, rincones destinados a ese fin dentro del mismo templo o fuera, en el «sagrao». Todos los templos los tuvieron y en un pueblo al menos de Cabrera, que es el barrio de Ambasaguas en Quintanilla de Losada, el osario recibía el nombre de «carneiro», depósito o rincón de carne. La célebre visión del profeta Ezequiel sobre el valle de los huesos en marcha hacia la resurrección aquí adopta la fórmula del credo: resurrección, pues, no de los huesos, sino de la carne, de modo que el término «carneiro» de apariencia tan bárbara, toque humorístico incluido, es de una estricta ortodoxia dogmática.
Los osarios fueron clausurados y tapiados y hasta su memoria se perdió. Con motivo de unas obras de restauración, apareció el de la iglesia parroquial de Forna bajo el revoque de un muro en el atrio, señalado por una cruz de madera con una calavera en cada uno de los extremos de los dos brazos. Ocurrió una vez que en la calavera más baja anidó un chochín. Varios años permaneció el nido renovado en el cuenco protector. La visión era emocionante y sugestiva, porque allí, pensando en el propietario de la calavera, podía sorprenderse la materialización del dicho «tener pájaros en la cabeza», o referido al pajarillo, como si hubiera decidido tras un periodo de inquietas correrías por el bosque, «sentar la cabeza».
Durante mucho tiempo cada túmulo se señalaba apenas con una cruz de madera. Las sucedieron otras de hierro, mucho más vistosas con sus inscripciones en óvalos de porcelana blanca y más tarde anchas cruces de mármol blanco. Las ampliaciones trajeron las lápidas de granito con nombres grabados sobre las que se depositaban objetos con imágenes o fotos e incluso curiosas leyendas. Es sabido que allá por los años 60 del pasado siglo comenzó en Cabrera un movimiento migratorio muy nutrido a países europeos, Bélgica en particular. Cuando una persona del pueblo moría, sus familiares al volver en verano depositaban en su tumba objetos traídos de aquel país con su leyenda en francés, expresión de añoranza del difunto, como esta de Forna: «El tiempo pasa, queda el recuerdo». La emoción de la despedida en la lejanía se impone a la sorpresa ante el detalle inesperado: esa lengua extraña que se erige en cifra de la distancia.
Había, pues, alguna declaración de amor o de recuerdo, pero no epitafios propiamente dichos, del estilo «Aquí yace», por eso sorprende uno reciente en un cementerio cabreirés de la Cabrera Alta, más aún porque asombrosamente está, ya no en francés, sino en latín. En la lápida de granito que cubre un nicho, bajo un nombre de varón y una fecha, se lee la inscripción que traducida dice así para un asombro ya en el colmo: «Aquí no podéis hacerme daño. Gozo de paz».
De modo que la leyenda no informa sobre el yacente, como esperaríamos, sino que vehicula su voz encarándose con quienes le hicieron la vida insoportable y que suena algo así como «Ahora ya soy inabordable para vosotros, que me acarreasteis daños sin cuento y os lo voy a recordar siempre desde aquí, tras alcanzar la paz que me negasteis». La lengua latina nos lanza mucho más lejos que el francés, alejado solo en el espacio, para evocar los comienzos remotos de la evangelización en estas tierras, allá por la tercera centuria. Pero no, en realidad ese latín es un anacronismo, no así las guerras cainitas que prolongan su siembra de dolor y muerte y sin fin.