TRIBUNA
Fuerte olor a podrido
D esde el año 2014 en que comenzó de forma real y dura la batalla de Cataluña con la celebración del primer referéndum secesionista y que el Gobierno intentó impedir en vano y posteriormente ocultar y minimizar con poco acierto y menos efecto, a Mariano Rajoy y su equipo parecen crecerle los enanos en un circo que ellos mismos han ayudado a crear con mucho ahínco y mayor afán. A los papeles de Panamá, los infinitos de Bárcenas (que nunca se aclararán), los líos del PP valenciano, los latigazos de la Gürtel y la Púnica, los embrollos millonarios de Granados e Ignacio González, las desmemorias de Esperanza, los líos vergonzosos de Rato y el malogrado máster de Cifuentes, todo semeja el cliché de una comedia amarga que pone al país patas arriba.
Hace unos días, el Partido Popular celebraba una fallida convención de cargos en Sevilla. Dos acontecimientos desdibujaron este minicongreso, que como viene siendo habitual en el tortuoso caminar de Mariano, no ha servido absolutamente para nada. Por una parte el bofetón que un tribunal de provincias alemán de tercera fila dio al Tribunal Supremo en la cara de Llarena. De otro, el pseudomáster de Cifuentes, que a lo largo de dos semanas han tratado (Gobierno y ella misma) de colarnos por la puerta falsa. Si nos centramos en el asunto del tan traído y llevado máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, llegamos a la conclusión de que la clase política en España (de forma general) nos trata a los ciudadanos de a pie como si fuéramos eunucos mentales. Las declaraciones de Cifuentes defendiendo lo indefendible, las ovaciones del coliseo sevillano, las apariciones del rector y el catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, los abrazos de Mariano, en fin, todo es una farsa obscena que nos insulta gravemente como ciudadanos de un país que trata de ser serio pero que no lo consigue.
Los que por diversas razones tenemos un conocimiento bastante exacto de lo que es un máster, de lo que fue en su momento la preparación y defensa de una tesina de licenciatura, o si nos situamos en el camino de hacer efectiva una tesis doctoral, que conlleva los correspondientes cursos previos, no podemos dar crédito al esperpento que Cifuentes ha perpetrado apareciendo aquí y allá por platós y escenarios varios contando milongas inverosímiles. Pero es más triste y preocupante ver que parte de la docencia universitaria está en el filo de la navaja y rozando a veces con actuaciones fuera de toda ética el Código Penal. Rectores que se desdicen en el transcurso de pocos días, catedráticos que ayudan a «reconstruir actas», funcionarios que aparecen como transcriptores de calificaciones, firmas a pie de acta que rezuman falsedad manifiesta, en fin, esto es sumergirse en el círculo de una vergüenza donde la ética y la moral más elementales han sido arrojadas brutalmente por la ventana.
En el curso de los muchos años que llevamos analizando desde diversos medios y de forma especial desde las páginas del Diario, la situación política y social de España, hemos mantenido de forma clara que la clase política defiende unos intereses que en numerosas ocasiones no coinciden con los de la ciudadanía en general. España, a pesar del impulso modernizador que ha experimentado en muchos campos, sin embargo en el estricto marco de la sociedad corriente y moliente, no ha sido capaz de evadirse de la sombra de la picaresca y del «todo vale» que ha imperado desde la noche de los tiempos. A partir de la instauración de la democracia, (también antes) el chanchullo y las corruptelas de toda índole han sido elementos consustanciales que han acompañado a una clase política que, aun a día de hoy, ha sido incapaz de trazar caminos coincidentes con la de los países europeos de nuestro entorno. Bien es cierto que garbanzos negros se cuecen en todas las ollas, pero es que al sur de los Pirineos la proporción es mucho más abundante y, nos guste o no, es una triste realidad que se impone día sí y otro también.
El asunto que desde hace ya unos cuantos meses trae de cabeza al Gobierno es la deriva secesionista de Cataluña. Soy de los que piensan, y así lo he mantenido en recientes tribunas del Diario, que esta batalla está perdida de antemano. Primero porque el problema es complejo y de difícil solución, pero contamos con el tremendo inconveniente añadido de un gobierno presidido por un personaje que parece estar sumido en un profundo letargo. Y no sólo él, sino que sus allegados, la pequeña dama que baila por los platós; o el ministro de Exteriores que parece sacado de un álbum de imágenes vintage del gremio de expendedores de coloniales y ultramarinos; del mandamás de Justicia que cuando abre la boca en los telediarios los panaderos se frotan las manos, en fin, es un conglomerado de imágenes que roza el esperpento. Los abrazos de Mariano en Sevilla a la dama del máster con la ovación del tendido circundante, parecía retrotraernos a la serie televisiva de la familia Monster. Es todo un despropósito que no conoce fronteras. Con una oposición donde el tándem Iglesias-Sánchez parece de muñecos de guiñol. Desgraciadamente llevamos mucho tiempo perdiendo los papeles y los problemas se amontonan encima de la mesa sin que nadie coja de forma real y directa el toro por los cuernos. Aún así, hay algún ingenuo que se atreve a defender públicamente la virtud y altura de miras «del señor Rajoy», como hace días un ilustre jubilado que desde estas mismas páginas volcaba el frasco del agua de rosas. Resulta increíble a estas alturas y con lo que nos cae a diario, que existan personas que se sientan felices con el virtuosismo de un especimen de la talla de Mariano. Este señorito de casino de provincias que canta las excelencias de la economía española, pero de una parte solamente, dejando la otra en la sombra: la de la tremenda deuda que nos atenaza y que se está comiendo el PIB, o el asunto de las pensiones que tiene una trascendencia mucho mayor de lo que piensan la mayoría de los españolitos de a pie, sumado a una despoblación galopante.
Lamentablemente el rebaño está disperso y sin rumbo; mientras, el pastor duerme beatíficamente en los laureles y Europa nos desprecia de forma vil y despiadada.