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fuego amigo ernesto escapa
León

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H ace un siglo e incluso más acá, San Emiliano ni siquiera había cuajado su nombre, oscilando su grafía entre la forma pachueza de Michanu y la antigualla de Millano. Entonces los viajeros pasaban de largo, sin reparar en su precario caserío. Acorde con semejante indecisión iba su menoscabado asentamiento, en el que únicamente alzaba firme y desafiante su estandarte la peña de las cigüeñas. Los inventarios registran su escasa contribución al cabildo isidoriano y a las arcas nobiliarias, dejando constancia de aquel desamparo.

Así que la gente curiosa que surcaba esta montaña de atracción milenaria hacía el quiebro por Truébano y Villasecino, aunque su destino fuera el puerto Ventana. El caserío de esta encrucijada de caminos, que abre la puerta de pastos y colladas, apenas contaba entonces dos docenas de viviendas, entre las que llegó a haber trece en ruina, diez mejor compuestas y una herrería. Las habitaban gente labradora y pastores, más un arriero del vino, que hacía el trueque estacional de aperos por caldo en sus expediciones a la tierra llana. Ni siquiera tenían cura estable aquellas almas.

La iglesuca encastrada entre las casas, que una reciente restauración recuperó de la ruina, era una capilla menuda y sin servicio ordinario, aunque con la advocación rotunda de San Emiliano, sin distracciones arcaicas. El desarrollo de las comunicaciones fue afianzando la condición nodal de este núcleo minúsculo, hasta convertirlo en cabeza de una de las dos zonas en que se articula la comarca babiana. Entonces el caserío se extendió a lo largo de los caminos, ocupando los prados aledaños. Sin la belleza natural del contorno, San Emiliano concentró los incipientes servicios del desarrollismo.

Sus hostales empezaron a recibir el pausado descanso de los veraneantes, entre quienes nunca faltó gente distinguida, como el centenario pintor asturiano Nicanor Piñole, que hacía acopio de luz en Babia para estofar sus marinas litorales. Piñole fue un artista muy viajado de vanguardias, que empezó a venir con su madre ya mayor, a la que se sentía muy unido, y luego con la criada, que desposó con noventa y cuatro años, a los veinte de su orfandad. Hace un cuarto de siglo todavía quedaban cuadros de Piñole inadvertidos por los pasillos de su hostal de acogida.

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Lo que más resalta en su trazo es el verdor perpetuo del praderío, que alimenta su cabaña de caballos. San Emiliano celebra por septiembre concurridos concursos y ferias equinos. Las yeguadas babianas acarrean prestigio histórico, que supo vitalizar un cruce veterinario a mediados del pasado siglo. Entonces aparearon yeguas de esta montaña con sementales franceses de tiro, dando origen al hispano bretón, cuya carne de potro es cada vez más apreciada.