Diario de León
Publicado por
MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
León

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E l dictador, antiguamente, era una fotografía severa, algo agrietada, tirando a sepia, que presidía las aulas y los juzgados. Era un señor con labios apretados y cara de tránsito intestinal mal regulado, una presencia amedrentadora pero casi familiar a fuerza de sobrevolarlo todo, los sellos y las monedas y las plazas más céntricas, y las vallas de publicidad. A cambio de esa sobreexposición, uno podía ponerlo a parir en una reunión de amigos, escupir furtivamente sobre una estampilla u organizar un atentado coincidiendo con su visita a la ciudad. Era una persona que ocupaba un lugar concreto en el tiempo y el espacio, como las demás, que mandaba fusilar a ciertos compatriotas y que sufría de hemorroides, y al que la muerte, tarde o temprano, alcanzaba.

Ninguna de esas características puede aplicarse a los dictadores de hoy. Quienes ejercen sobre nosotros el más férreo, directo y constante control, registro y dominio —y que será mayor en el futuro— carecen de uniforme, de manías o de ópera de Wagner favorita. No se mueven por ideología ni por afán de poder ni ocultan complejos, miedos o inseguridades. No tienen en su biografía un padre maltratador ni se les apareció la Virgen en lo alto de un chopo. Son, sencillamente, fórmulas matemáticas que operan en los infinitos sistemas y soportes informáticos con los que vivimos en conexión perpetua: de los contenidos de nuestro correo, de nuestras búsquedas en Internet y de todo cuanto escribimos, colgamos o replicamos en redes sociales, el algoritmo, ese nuevo dictador ciego e inhumano, deduce a velocidad de vértigo gustos, preferencias, odios y pasiones, material de primera categoría para uso de empresas de sondeo electoral y megaindustrias del márketing y el entretenimiento.

El algoritmo te radiografía y desnuda, te comprime y calcula; no le importa nada más que reducirte a datos, a números consumibles, a comunes denominadores para luego bombardearte con ofertas, gasearte a base de anuncios, colocarte frente al paredón de mil anestésicos reclamos. Es el nuevo tirano, incorpóreo y ubicuo. El Gran Hermano ya está aquí. Las máquinas, en su versión de diminutas programaciones, ya nos dominan.

Y quién se atreverá a combatirlas.

¿Desconectamos?

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