Diario de León
Publicado por
José Antonio García Marcos Psicólogo clínico y escritor
León

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N ada más comenzar la Segunda Guerra Mundial los psiquiatras nazis, amparados por una autorización secreta de Adolf Hitler, comenzaron a planificar la matanza sistemática de los enfermos mentales y discapacitados físicos que no tenían ninguna posibilidad de curación y que denigraban la pureza racial aria. Previamente habían presionado para que se aprobara una ley que amparase las matanzas de enfermos incurables pero Hitler decidió mantenerlas como un secreto de estado por temor a las repercusiones internas, sobre todo de las iglesias católica y evangelista, y a nivel internacional.

¿Cómo eliminar a decenas de miles de enfermos psiquiátricos que se encontraban hacinados en los manicomios de la época de forma que ni los propios enfermos ni sus familiares tuvieran conocimiento del macabro destino que les había asignado el nacionalsocialismo? La opción más adecuada hubiera sido utilizar inyecciones letales de barbitúricos, pero resultaba cara y requería un contacto directo con los pacientes. Los responsables del programa de exterminio de los enfermos incurables, para el que utilizaron el nombre encubierto de Aktion T4, consultaron con el Instituto de Técnicas Criminales (Kriminaltechnisches Institut) con el fin de conocer otro tipo de alternativas de asesinato en masa. Como querían mantener en secreto la operación, se limitaron a decir a los responsables del Instituto se trataba de aniquilar a «bestias con forma humana». La recomendación técnica fue utilizar monóxido de carbono.

A principios de enero de 1940, en una cárcel abandonada de Brandenburgo del Havel, cerca de Berlín, hicieron un pequeño experimento. A un reducido grupo de enfermos le inyectaron dosis letales de barbitúricos y a otro lo introdujeron en una cámara herméticamente cerrada y después se hizo fluir en el recinto el gas mortífero. Los médicos observaron el proceso de la muerte de ambos grupos y constataron que la cámara de gas poseía muchas ventajas por lo que, más tarde, la utilizaron también en el exterminio de los judíos europeos.

Con este pequeño relato, que describo de forma pormenorizada en mi libro La ‘eutanasia’ en la Alemania nazi y su debate en la actualidad (Valencia, 2009) se pone de manifiesto el nexo de unión entre el nacionalsocialismo alemán y el separatismo supremacista catalán. Me refiero a la expresión «bestias con forma humana». Los nazis la utilizaron para señalar a los enfermos mentales a los que iban a ejecutar y el señor Torra para designar a todos aquellos que se sienten españoles en Cataluña y que hablan español y no catalán. Es cierto que el señor Torra, en sus escritos, no especifica qué hacer con esas bestias con forma humana pero uno se puede imaginar que nada bueno. Tampoco lo dijeron los nazis que en todo momento trataron de ocultar a la población alemana cuáles iban a ser sus planes primero con sus propios enfermos mentales y, después, con los judíos.

El separatismo catalán se está deslizando en los últimos tiempos por una peligrosa pendiente resbaladiza caracterizada por la supremacía de lo catalán y la exclusión de todo aquello que suene a español. Primero fue Artur Mas, con su cara amable y dialogante. Le siguió Carles Puigdemont aupado a la presidencia de la Generalitat por los radicales de la CUP y ahora llega el rostro avinagrado e intransigente de Quim Torra a quien muchos analistas le colocan en la órbita del nacionalismo más xenófobo y supremacista.

En el número 4 de la calle Tiergarten de Berlín, de donde procede el nombre de Aktion T4, justo detrás del moderno edificio de la Filarmónica, hay un monumento a los más de doscientos mil enfermos mentales alemanes y austriacos asesinados vilmente por el nacionalsocialismo. En las visitas que presumiblemente va a tener que hacer el señor Torra al expresident de la Generalitat Carles Puigdemont, deberían dejar un hueco en sus agendas para visitar ese monumento y reflexionar sobre donde condujo a Europa el nacionalsocialismo alemán y dónde piensan ellos llevar a Cataluña con esa ideología tan radicalmente nacionalista, xenófoba y supremacista.

La democracia española, con sus aciertos y sus muchos errores, logró que el nacionalcatolicismo impuesto por la dictadura franquista dejara de impregnar la mente de los ciudadanos de este país, aunque todavía queden rescoldos de ese nacionalismo trasnochado. Más tarde, y después de años de plomo y de muchas víctimas, acabó con el terrorismo de ETA que quería implantar un nacionalismo etnicista y criminal. Ahora, nos enfrentamos posiblemente con el mayor desafío a nuestra convivencia democrática. Si triunfa, será el comienzo de la balcanización de nuestro país y del enfrentamiento de los unos con los otros y, al mismo tiempo, tendrá repercusiones muy negativas en el proyecto de la Unión Europea por un simple efecto de contagio. Todos tenemos la obligación moral de tratar de impedirlo pero, al mismo tiempo, de presionar a los políticos a impulsar los cambios estructurales y constitucionales necesarios para desactivar por la vía política lo que podríamos definir metafóricamente como el suicidio colectivo del pueblo catalán.

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