Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Peñamián no existe, pero abarca más espacio del que cabe imaginar en cualquiera de los mapas geográficos del mundo. Peñamián define un espejo que vierte la realidad con dos caras para que encontremos en el reflejo de la luz sobre la lámina del pantano del Porma las huellas de quienes quedaron debajo. Miramos a quienes nos miran, sin entender que somos nosotros mismos, cuando nos asomamos al mirador del valle bajo el cual los rayos del sol se absorben para iluminar el lecho en el que se enterraron hace 50 años los pueblos de Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada, Lodares, Utrero y Camposolillo. No se ven, salvo que uno se fije bien o siga la indicación del dedo de los vecinos que todavía recuerdan con exactitud dónde manaban las fuentes que daban abrevadero al ganado, en qué sima se escondía la cueva de los quesos, cómo era el eco que resonaba al tañido de la campana de la ermita de San Antonio de Padua, cuándo se abrían los manzanos silvestres al paso de la vecera que volvía empujada por la sombra descorrida desde la hendidura de piedra de la Forqueta, quiénes hundieron sus raíces en lo que ahora cubre el limo para que se yergan sus ramas orgullosas en la memoria ahogada de quienes no tienen tierra por ser deudos de los herederos del cielo.

El recuerdo queda al resguardo del libro Peñamián, la memoria bajo el agua, una obra monumental levantada como una sebe ante el olvido por el empeño de José Antón Acevedo, Isidoro de la Fuente Bayón y Ángel Luis Martínez García. Los tres vecinos han reconstruido, por medio de esquelas, archivos y registros polvorientos, el árbol genealógico de 2.500 familias de los 8 pueblos del valle de Vegamián para que las huellas no se pierdan por mucho que suba la cota del pantano. El trabajo ingente y apasionado, expuesto ayer sobre el muro de la presa, presenta tesela a tesela, como en un mosaico romano, la imagen de un territorio en el que sus antepasados «no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria / que el olvido», como inmortaliza el poema de Julio Llamazares que me recuerda que «vengo de una raza de pastores que perdió su libertad / cuando perdió sus ganados y sus pastos». Entre las piedras están las de la casa del tío Ramiro de Utrero, el padre de mi abuela Rogelia, y las de todos los que vienen de ahí. Juntas forman un territorio inabarcable: el mapa en el que Peñamián existe.

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