Diario de León
Publicado por
al día JOSÉ MARÍA ROMERA
León

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A unque el lector ya la conocerá de sobra, la de Mamoudou Gassama es una de esas historias que merecen ser contadas una y otra vez. Es la historia de un joven inmigrante malinés sin papeles que una tarde, paseando por París, vio a un niño de cuatro años colgando del balcón de un cuarto piso a punto de caer al vacío y, sin pensárselo dos veces, trepó a toda velocidad por la fachada del edificio hasta lograr ponerlo a salvo.

Como ahora siempre hay un móvil que lo graba todo, hemos podido ver las imágenes y comprobar que fue una verdadera proeza que a Gassama pudo costarle la vida. Necesitamos sucesos como este, no cabe duda. El guión de la actualidad está demasiado poblado de infortunios, calamidades y actos de barbarie como para despreciar un hecho que nos reconcilia con lo mejor de nosotros mismos.

En poco más de un minuto Gassama dio al mundo dos lecciones simultáneas. Una, de escalada acrobática. Otra, menos asombrosa pero sin duda mucho más edificante, de altruismo. Su gesto ha dado contenido a la palabra fraternidad, una palabra fácil para traer y llevar en los discursos de exhibicionismo moral a los que estamos acostumbrados pero que luego cuesta bastante trabajo encajar en los hechos y los comportamientos cotidianos.

Pero no han tardado en sonar las voces críticas contra la recompensa concedida al héroe. Ya se sabe que nuestra capacidad de enmendarlo todo es ilimitada. Así que había que poner de relieve la hipocresía de unos gobiernos que premian hazañas individuales pero lesionan derechos colectivos, y algunos se han entregado a esa tarea de denuncia con tal convicción y tanta ferocidad que a punto ha estado Mamoudou Gassama de salir del Elíseo transformado en un vendido al sistema, en un traidor a los suyos, en un cómplice de deportadores y xenófobos. Todo fue más simple y más hermoso que eso.

Actos como el de Mamaoudou Gassama contribuyen a mantener la estructura feliz del mundo y retribuirlos no significa necesariamente poner demasiado alto el listón de los derechos humanos, sino poner el foco sobre una zona de la vida en la que por desgracia no acostumbramos a fijarnos: esa zona donde la justicia cohabita con el corazón.

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