Diario de León

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Máximo CAYÓN DIÉGUEZ Cronista Oficial de la ciudad de León
León

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L as fiestas de San Juan se originan en nuestra ciudad a raíz de una feria organizada en el solsticio de verano, coincidente con la festividad litúrgica de San Juan Bautista, el Heraldo del Señor, figura neotestamentaria que gozó de una devoción especial entre los leoneses desde muy pretéritas calendas. Lo acredita la mandíbula del Santo Precursor, reliquia que, según consta documentalmente, en 1043 ya recibía culto en el templo dedicado entonces a San Juan Bautista y San Pelayo, es decir, en la actual Colegiata Basílica de San Isidoro. Todo ello conforma los antecedentes de estas jornadas festivas que se celebran en León en estos primeros días veraniegos.

En nuestra ciudad, las actividades comerciales están referenciadas desde el siglo X. Claudio Sánchez Albornoz, el gran patriarca de la historiografía medieval española, —“no quiero hacer novela sino historia”—, en la segunda de las siete estampas que componen su maravillosa obra Una ciudad de la España cristiana hace mil años. Estampas de la vida de León , con una prosa deslumbrante describe un mercado en esta Urbe Regia. Allí, —“es cuarta feria, día de Mercurio, como decían los romanos”—, los compradores son caballeros, infanzones, clérigos y labriegos de la ciudad y del alfoz. Se venden mulos, yeguas, caballos, joyas y bellos paños, y, entre otros, hay puestos de frutas y hortalizas, de olleros y rotarios, fabricantes estos últimos de “las típicas ruedas leonesas que fabrican sin radios, con trozos de madera ensamblada, y que venden sueltas o emparejadas por un eje”. Las transacciones se realizan de conformidad con las disposiciones emanadas del Fuero de León de 1017, promulgado por el rey leonés Alfonso V, donde el sayón cumple funciones recaudatorias y el zabazoque, juez o señor del zoco, ejerce los cometidos propios del inspector del mercado.

Es, sin embargo, una carta de privilegio de Alfonso X la que nos confirma la importancia de las ferias leonesas. El documento se custodia en el Archivo Municipal. Tiene fecha de 27 de agosto de 1276. Es la primera prueba documental de la existencia de una feria entre nosotros. Y, aunque su texto omite fecha y lugar de celebración, entre otras consideraciones, señala la voluntad del monarca de que por “por hacer bien y merced al Concejo de León, manda que todos aquellos que viniesen a la feria no paguen portazgo de ninguna cosa que trajeren mientras aquélla durase”.

Dos centurias más tarde, en 1466, Enrique IV aprobó la existencia de dos ferias francas en nuestra ciudad. Una, en junio, por San Juan. Otra, por la festividad de Todos los Santos. La feria de San Juan, que es la que nos incumbe ahora, tenía como objetivo principal la adquisición de animales con destino a las labores agrícolas. Su relevancia fue siempre notable, como lo prueba el hecho de que hace ahora un siglo, la asistencia de forasteros era masiva dada la abundancia de ganado caballar, asnal y vacuno que concurría a ella. Su desarrollo se realizó entonces en distintos emplazamientos. Recinto ferial hubo en el Rastro Viejo, situado en la actual calle de Ramón y Cajal, más tarde, en la Era del Moro, después, a partir de 1927, en los predios de la Corredera, y, luego, en tiempos más cercanos a nosotros, desde 1956, en el entorno de la Chantría, al sur del barrio de Santa Ana, en la actual avenida de José Aguado. Y es que la aprobación del Ensanche, en 1904, mutó la pradería en corazón de la ciudad. Ello originó los referidos desplazamientos a los lugares indicados, lo mismo que, por idéntico motivo, se trasladaron a otros dominios urbanos el campo de fútbol o la plaza de toros.

El trato implicaba comunicación entre personas de diferente mentalidad y distinta procedencia, y aquellos enclaves se convirtieron en punto de encuentro y en marco de convivencia donde afloraban los más variados comportamientos sociales, de manera que al socaire de esta tradicional feria nació la fiesta. La elaboración del primer programa de fiestas en nuestra ciudad data de 1891, estableciendo de esta forma el primer índice oficial de distracciones y divertimientos populares, donde no faltaban, como es de suponer, ni la música ni los fuegos artificiales.

A nadie se le escapa, por otro lado, que la celebración de San Pedro ha pasado en el calendario festivo a un segundo plano. Ahora bien, en este ejercicio apresurado de evocación, debe subrayarse que en la festividad del Príncipe de los Apóstoles, 29 de junio, se celebraba en la plaza de San Marcelo un importante mercado de lana y de aperos de labranza que abrochaba brillantemente estas jornadas de diversión y regocijo. Con esta visión personal, José Eguiagaray Pallarés, en su obra Lo que va de ayer a hoy [pg. 123], lo resume así: “Los trillos, los bieldos, las horcas, los yugos y los rastrillos se alzaban en la plaza que hoy llamamos de Las Palomas, y las sacas de la lana se pesaban allí en numerosas romanas, entre un griterío de ofertas y demandas y una abundosa concurrencia de todas clases y sexos”.

Por vía de brevedad hemos recordado los orígenes o antecedentes de las fiestas de San Juan y San Pedro en León. Ni uno ni otro son patronos de la ciudad. Como se sabe, lo es San Marcelo. Aún así, ambos son los protectores de estas populares celebraciones de tan larga tradición entre nosotros.

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