Lo normal
S i alguien decidió hace veinte días emprender un retiro y regresa hoy a casa, le costará asimilar el chute de realidad que nos hemos dado en estas semanas.
Ver al desahuciado por las encuestas ocupar el Palacio de la Moncloa, al expresidente Mariano Rajoy en la localidad de Santa Pola retornando a su plaza de registrador de la propiedad después de casi cuarenta años de actividad política y a su partido, en el que nadie en público negaba su liderazgo, con siete candidatos a sucederlo, y al yerno y cuñado de reyes recluso por delincuente, no es fácil de digerir. Después habrá que explicarle lo del efímero ministro Máxim Huerta y lo de Zidane y Lopetegui, minucias comparadas con lo anterior que hemos vividos en cuestión de muy pocas jornadas.
Si un país se pone a prueba en situaciones críticas, España se ha graduado verdaderamente en estos días. Y aunque los desalojados se han empeñado en poner en duda los mecanismos del desalojo, todo se ha desarrollado de una manera impecablemente democrática, con la misma Constitución española de 1978 en la mano que algunos sólo muestran según les conviene y abriéndola exactamente por donde conviene.
Porque lo normal no es que no pase nada, lo normal es que no pase nada cuando pasan cosas que, aunque excepcionales, son normales.
Y la última muestra de normalidad la ha dado Mariano Rajoy. No estuvo a la altura de las circunstancias en la tarde en que se encerró en un restaurante mientras en el Congreso de los Diputados se discutía su censura, despreciando a la institución y a sus representantes, a los ciudadanos, en suma. Es verdad.
Pero recondujo el desaire cuando asumió con rotundidad la realidad, anunció su retirada como líder del Partido Popular, abrió el proceso sucesorio sin señalar candidato alguno, dejó su escaño perdiendo un aforamiento protector que muchos han mantenido por si acaso y ha vuelto a su plaza de registrador sin intentar tomar otras puertas giratorias.
Es verdad que cualquier valoración puede resultar prematura porque no sabemos lo que hará a partir de ahora. Pero es de justicia reconocer lo que ahora hace como criticamos lo que en su día hizo. El tiempo dirá.