Diario de León

TRIBUNA

Los toros: vida y muerte

Publicado por
Luis-Salvador López Herrero Médico y Psicoanalista
León

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N o soy taurino ni tampoco amante del mundo de los toros, pero me mueve la curiosidad acerca de lo que, en ese lugar, se respira y hace enmudecer desde siglos. Discúlpenme pero no voy a entrar en la supuesta noción de maltrato animal, tan controvertido en la actualidad, ni mucho menos en el perfume de sadismo que, para muchos, allí se puede olisquear. No, mi idea era adentrarme en ese espacio con otra mirada, para presenciar y conocer aspectos que despiertan mi atención. Así que, con esa finalidad, fui a la plaza de León y me senté en el tendido 2, cerca de la arena, solo, sin nadie con quien compartir ese momento de expectación. Algo que, por otra parte, iba a facilitar mejor mi trabajo de contemplación.

Hacía mucho calor, quizá demasiado, y la butaca era tan estrecha, que las piernas tenían dificultad para encontrar cierto hueco, sin embargo, el ambiente, que parecía despreocupado por todos estos menesteres físicos, brillaba con su animada festividad. Música de charanga y de pasodoble, movimiento de abanicos, banderas constitucionales, comidas y bebidas por doquier… Todo parecía estar servido para el disfrute y el goce, de un espectáculo, en el que se me antojaba, de antemano, que la muerte y la vida deberían estar allí unidas por una línea muy débil. Resulta extraño pensar ahora que en ese mismo espacio, en cuestión de minutos, iba a suceder un acontecimiento en el que la existencia y el fin se confrontarían dramáticamente ante la atenta mirada de cientos de espectadores. Salieron los toreros, llenos de luces y con diversos y llamativos colores, mientras la fiesta proseguía su marcha alegre aparentemente ajena a todo lo que allí iba a suceder, o tal vez, pienso, el propio jolgorio fuera la antesala de lo que se pensaba respirar. Permanecer en ese ambiente, demasiado aprisionado entre la multitud, con el bochorno, la música y la extrañeza de un lugar tan singular, me permitía contemplar mucho mejor un espectáculo, que sin duda tiene algo de ancestral, en el que un sacrificio y el ritual se dan la mano por un instante.

Más tarde comenzó la faena y resultaba asombroso comprobar, cómo el cuerpo y el movimiento del diestro se confrontaban con un animal, que delataba potencia y furia mítica, en una danza mágica entre la vida y la muerte. No me cabe ninguna duda de que el torero es un artista que se mueve bajo el embrujo de sus pasos, al son de una música que se despierta con su destreza, mientras el toro parece desplazarse simplemente bajo el hechizo de los gestos de su pareja, sin más tarea que embestir o arremeter contra todo aquello que se mueve a su alrededor. Ahora bien, mientras el lidiador, en posición bien erguida, como supo ejecutar Talavante, busca con su desplazamiento y perseverancia sigilosa ese lance magistral que le lleve a una efímera gloria, el toro insiste en golpear el capote revoltoso con fortaleza, siendo a veces el propio cuerpo del partenaire, rozado o pisoteado con tosquedad, el que asume el encontronazo. Lo cual, todo hay que decirlo, llena de gozo a la plaza entera con un griterío ensordecedor, presa tanto del miedo como del asombro. Hay así, cierto hechizo en los contorneos seductores del cuerpo del torero en su aproximación al toro, como valor e ímpetu en una cita que simboliza tanto la pericia mágica humana como la potencia de una naturaleza que nos anuncia, en cada paso, nuestro destino mortal.

Sí, es cierto, todo adquiere aparentemente un colorido animado en la fiesta nacional, aunque en el ambiente se respire también un tipo de goce que alimenta un final trágico. Y ese es el meollo de la reunión. Porque no sólo el toro está allí para servir con su potencia y caída la escena final del ritual, sino que también el torero se presta a poner en juego su vida, como así sucedió con Manzanares, al fin de alcanzar ese momento de esplendor ante la atenta mirada de todos. Es un segundo en el que los gritos de la multitud, ebrios de pasión: «¡Torero, torero, torero…!», nos anuncian esa sincronía jubilosa entre el artista y su público. De ese modo, en ese instante de expectación mágica y trágica, somos testigos del único espectáculo que aún queda, en el que la vida y la muerte están unidas por medio de un arte, que es, creo, lo que verdaderamente más importa en el lance del toreo. Y si no pregúntenselo a Morante de la Puebla cuando acabó la faena en un abrir y cerrar de ojos, al comprobar que el toro no se prestaba al juego por su debilidad y falta de carácter. En todo momento, en el transcurso del espectáculo, que lo es, brilla más la búsqueda de ese pase magistral, de ese instante en que el cuerpo, en su meneo sutil, roza la maestría mientras la vida pende de un hilo, que el propio hecho de la muerte. Es cierto que cada espectador puede buscar diferentes sensaciones al son de la música o del calor humano de la plaza, pero lo cierto es que la faena taurina, pienso, brinda la posibilidad de articular, por un momento, el arte del torero y lo que esto representa en destreza, maestría, danza, magia, seducción y valentía o temeridad a raudales, con la fuerza y la potencia de la naturaleza, simbolizada en la figura legendaria del toro. Y, en este sentido, el mundo del toreo es un acontecimiento único no sólo por el dramatismo que destila su puesta en escena, sino también por el desenlace, que no es solo de muerte sino también de vida. Porque es esto último lo que buscaba con arrojo el joven diestro peruano Roca Rey, cuando ante la expectación de todos solicitó el indulto para el toro, arrojando con ímpetu su estoque de muerte contra la arena. Para el matador, el animal se había entregado con tal afán al encuentro, que no merecía ya la muerte sino la vida. Sin embargo, es una incógnita por esclarecer como su petición se encontró una y otra vez con la desaprobación de la autoridad pertinente la cual, de forma repetida, solicitó con el dedo hacia abajo, como si de Nerón se tratará, que la faena debía de acabar con el deceso del animal. Ni que decir tiene que este gesto imperativo se encontró con la irritación ensordecedora de la multitud de asistentes quienes bramaron ante tal postura imperial. ¡Qué segundos fueron! En un suspiro se pudo comprobar ese pequeño tránsito que separa la vida de la muerte. Al final, y una vez que la autoridad no concediera la petición del espada, éste, de manera ejemplar y arropado por el silencio solemne de la plaza, concluyó la faena con una estocada limpia que sacrificó al animal, culminando así el sello de un ritual tan trágico como atávico.

Salí de la plaza, con la mirada lejana, recordando el valor de unas tradiciones aún ancladas en nuestra memoria, como si aquello que había contemplado tuviera los días contados. Sospecho que las faenas taurinas, como muchas otras cosas de nuestro pasado, acabarán siendo absorbidas por el nuevo magma de lo virtual, que todo lo engulle, alejándonos así, de todo aquello que configuró nuestras historias, tanto amadas como rechazadas. Es fruto de lo que llamamos hipermodernidad. Ahora bien, más allá del valor ideológico que cada uno otorgue al mundo de los toros, éste representa el último y directo espacio público en el que el arte se confronta con la fuerza de la naturaleza, en un acontecimiento en donde la existencia y el trance están unidos por un velo, demasiado frágil, que nadie puede desvelar de antemano.

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