TRIBUNA
La aventura de envejecer
A principios del siglo XX la esperanza de vida en nuestro país se situaba en torno a los 40 años. Un siglo después se ha multiplicado por dos y supera ya los 80. Posiblemente la tendencia vaya en aumento y en algún momento se llegue a los 100. Este hecho planteará muchos problemas sociales, económicos y demográficos pero en este artículo me voy a centrar en la psicología del envejecimiento, es decir, en cómo afrontar a nivel individual esta etapa de la vida, antesala de la muerte. Es cierto que la muerte nos acecha desde el mismo momento del nacimiento, como decía Heidegger somos seres destinados a morir (Sein zum Tode) y, por lo tanto, la parca puede visitarnos en cualquier momento. Ahora bien, lo más habitual en los países desarrollados es que sobrevenga después de un tiempo de envejecimiento.
Junto al aumento de la esperanza de vida se ha producido otro fenómeno que conviene resaltar. Antes, la vejez era un estado pasivo en el que las personas se dedicaban fundamentalmente a esperar la muerte. En la actualidad se está imponiendo la mentalidad del envejecimiento activo: físico e intelectual. El nuevo estilo de vida en la vejez, junto con una red de relaciones sociales, buena alimentación, mantener un peso adecuado, evitar la ingesta de productos tóxicos y una adecuada asistencia médica son los responsables de que la esperanza de vida haya aumentado paulatinamente en los últimos decenios. El nivel de renta y de formación académica influyen también en la forma cómo se afronta el hacernos mayores.
El envejecimiento es un proceso que no se produce de un día para otro. El momento en que una persona percibe que ha entrado en la vejez es algo muy subjetivo. Hay jóvenes que se sienten acabados y ancianos que están llenos de vitalidad y de proyectos de futuro. Ahora bien, la jubilación es la puerta de acceso a lo que suele llamarse de forma eufemística la tercera edad.
Las sociedades desarrolladas, por norma general, viven de espalda a las dos realidades que existen al final de la vida: el envejecimiento y la muerte, dos realidades sobre las que hay que pensar y reflexionar mucho antes de que se presenten de improviso. Lo mismo que debemos estudiar y prepararnos para ejercer una profesión también habría que, desde una edad temprana, prepararnos para la vejez y la muerte.
Adentrarse en la vejez es adentrarse en un universo que se caracteriza por la pérdida. Se pierde paulatinamente la juventud, la vitalidad, la fuerza física, la libido y tantas cosas más. Se pierden familiares y amigos ya que cuanto más se vive más hay que asistir a la muerte de seres queridos y cercanos, con sus correspondientes duelos. Ahora bien, se gana en prudencia, en sensatez, en experiencia, en capacidad de reflexión y de enjuiciamiento global de la realidad que nos rodea. Una de las plagas actuales de la vejez es la demencia. Pero no hay que olvidar que ya desde el siglo XIX existe una enfermedad, la demencia precoz, que comienza en la juventud. Ahora se la llama esquizofrenia. Por otra parte, la enfermedad de Alzheimer se suele presentar también antes del inicio de la vejez. Posiblemente sea una de las mayores tragedias asociadas al envejecimiento.
La vejez es un estado en el cual es más probable que aparezca la enfermedad, pero no necesariamente se tiene que vincular vejez con enfermedad. Hay muchas personas ancianas que tienen un nivel de salud mucho mejor que algunos jóvenes o niños.
En nuestra sociedad, de carácter excesivamente patriarcal, hay tres colectivos que son los más vulnerables: los niños, la mujeres y los ancianos. Aunque se ha avanzado mucho con la Declaración Universal de los Derechos del Niño y con la inagotable lucha de las mujeres por la igualdad, los ancianos, sin embargo, siguen estando relegados. Posiblemente hoy, en las sociedades desarrolladas, son las principales víctimas del maltrato y, al mismo tiempo, las más silenciadas. Solo hay que entrar en una residencia de ancianos y analizar detenidamente el panorama que se presenta ante nuestra atenta observación.
Hace poco Joaquín Sabina, en un concierto que daba en Madrid en el que se quedó sin voz, señaló que quienes afirman que la vejez es fantástica «mienten como bellacos» porque «envejecer es una puta mierda». Hombre Joaquín, ni una cosa ni la otra. Ni algo fantástico ni una puta mierda. Un momento más en el proceso vital al que es necesario darle un sentido. Lo que sí supone una tragedia es cuando se juntan cuatro circunstancias en una misma persona: Vejez, enfermedad, soledad y pobreza. Esa es la verdadera tragedia, querido Sabina, y no quedarse sin voz en un concierto. El poeta Gil de Biedma también expresó ese lado negativo de la vejez en aquellos versos memorables: «Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma/ envejecer, morir es el único argumento de la obra». Yo no diría que es lo único. Es, simplemente, el acto final y, por tanto, puede convertirse en el momento cumbre de una vida. Porque, quizás, vivir es aprender a enfrentarse con dignidad y con orgullo a la vejez primero y a la muerte después. Jorge Guillén lo expresaba magistralmente: «Como aventurero, cuando muera, quiero saber que muero». Ser consciente de la muerte y asumirla como parte de la vida.
Esta temporada última hemos visto a los pensionistas salir a las calles de diversas ciudades a pedir que las pensiones aumenten de acuerdo con el IPC. Es una petición importante pero no debería ser la única. Se debe mejorar la asistencia sanitaria a las personas mayores, el trato que reciben en las familias y en las residencias y hay que reflexionar sobre implementar medidas que garanticen el derecho de la persona a una muerte digna, es decir, una muerte en consonancia con su concepción del mundo y con sus valores. El riesgo de suicidio en la vejez es más alto que en otras edades y esto se debería cambiar con políticas centradas en dignificar la vida de las personas mayores.