Fiesta en la Estación
L a Ponferrada de los años 60 era un lugar muy distinto al actual. En esa década surgieron nuevos barrios y lo hicieron deprisa. Entre ellos está el de la Estación, que en estos días celebra sus fiestas, unido al vecino del Temple. Ambas tramas son transiciones de la Puebla hacia el poniente: Flores del Sil y la Placa.
Yo de niño iba con mi madre al pequeño jardín que hay junto a la estación del Norte, precisión que hoy carece de sentido pero no cuando existía, en activo, la animosa y comarcal estación del tren de la MSP. En la del Norte, en unos edificios cercanos a las vías, residían los ferroviarios más ilustres. Porque entonces ser ferroviario en provincias era algo muy importante, no digamos en Ponferrada cuando todo el tráfico entre Galicia y el resto del mundo, salvo Portugal, se hacía por el Bierzo. Había entonces una amplia colonia de ferroviarios que atendían muchos menesteres. Y hasta daba prestigio social ser uno de sus taquilleros, no digamos el jefe de la estación, que era toda una autoridad, entre literaria y real.
Aquel jardín mínimo, que aún existe, tenía un encanto adicional: estaba al final de la urbe. Al otro lado del talud no había otra cosa que campo, pequeñas elevaciones de tierra, muchos árboles, y al fondo el río. Nada más. Ya de niño me gustaba esa cosa limítrofe de la ciudad a un lado, y el campo desaforado, que diría Borges, por el otro. La estación era el último lugar de la civilización, por así decirlo, y yo disfrutaba lo mío cuando me escapaba del control de mi madre, me acercaba al andén y presenciaba el que durante muchos años fue el mayor espectáculo del mundo a mi alcance: la llegada del expreso de Galicia, arrastrado por sus gigantescas locomotoras de vapor marca Santa Fe.
Un día, sin embargo empezó a nacer allí al lado una parte de la ciudad. Fue todo muy veloz porque en solo cinco años, lo que era naturaleza se convirtió en un racimo de ocho o diez calles de nombres bélicos, con sus casas y sus negocios. Completando la rauda urbanización el nuevo emplazamiento del club de tenis, que abandonó su sede burguesa de la avenida de la Puebla. Pero con la ventaja de contar ahora con una gran piscina olímpica en la que pasaría yo buena parte de los veranos de mi adolescencia. El barrio de la Estación nació de repente, pero pronto le llegó el freno definitivo. Porque, al no poder crecer más, se quedó varado en lo que era en 1965. Más de medio siglo de historia modesta y digna, beneficiada desde hace más de veinte años por un hermoso parque que antaño era privado y que rodeaba la casa de la MSP donde se alojaban sus ingenieros. Esa antigua casa-hotel que hoy es uno de los monumentos épicos de la Ciudad del Dólar, y que debería ser resaltado como tal, con una placa municipal y melancólica. Pero ahora lo que toca es la fiesta, la alegría, la danza, el amor, el verano y el vino.