AL TRASLUZ
Un selfie con Erasmo
Erasmo murió la mañana del 12 de julio de 1536. Si hubo un hombre en el Renacimiento con el que todos hubiesen querido hacerse un selfie es, sin duda, Erasmo. Era el hombre con mayor prestigio intelectual y humano de su tiempo. Estoy leyendo en estos días Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam, el estudio psicológico que hizo Stefan Zweig de él. Lo publicó en 1934, con Hitler ya en el poder. El autor austriaco se suicidó en Brasil, en 1942, convencido de que el nazismo impondría su mal en el mundo civilizado. Tan drástica decisión, en la que le acompañó su esposa, no hubiese sido aprobada por su biografiado. No se trata de una hagiografía, nunca cayó en ella. Le reconoce sus grandes méritos, pero a la vez le reprocha inacción frente al avance arrollador del fanatismo luterano, ese creer que «podría permanecer como puro espectador de esta tragedia». En el fondo, el reproche se lo estaba haciendo también a sí mismo, pues sabía que tampoco las batallas dialécticas se ganan desde el despacho. Cierta rivales solo aceptan el conmigo o contra mí. La Europa unida y en paz que soñó el célebre humanista sigue teniendo enemigos fuera y dentro de casa.
Pues sí, uno también se haría un selfie con el autor de Elogio de la estulticia, ejemplo de honradez en todos los órdenes Y ya puestos, si no es mucho abusar del anacronismo inalámbrico, que se sumase Cervantes, fuese o no lector del humanista, que sobre esto hay opiniones enfrentadas. Podríamos quedar a comer ni allí ni acá: pongamos que en la venta de Juan Palomeque. Buen menú del día, aunque abusen del picante.
Por cierto, estoy releyendo los dos tomos de la gran biografía de José Manuel Lucía Megías sobre Cervantes, para tenerlos recientes para este octubre, pues impartirá una conferencia en León coincidiendo con la tercera y última entrega, la dedicada a su plenitud creativa. Lo hará dentro del ciclo que sobre el autor del Quijote coordina José Luis Chamosa, y en el que también intervendrán los igualmente excelentes Montero Reguera y José María Merino. Por supuesto, los tres pueden sumarse a la comida en la venta de Palomeque. Eso sí, que a nadie se le olvide la cartera, que en el local al que le pillan en un ‘simpa’ se le mantea.