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FRANCISCO J. LÓPEZ RODRíGUEZ profesor
León

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H ay lecturas que para unos son impactantes y para otros son pasajeras e indiferentes. Me fijo en una de un sociólogo que dice así: ante la velocidad de los trenes, los aviones y el vértigo social de las masas el hombre no tiene un momento para detenerse y meditar. Meditar es pensar es quizás aquel principio filosófico. ¿De donde vengo? ¿Quién soy? Y ¿a dónde voy? Hoy en esta sociedad cambiante no nos paramos a pensar que existe una crisis personal, social y familiar y que nadie ni los medios de comunicación, ni siquiera los medios religiosos transmiten a la sociedad esos principios transcendentes que atenta contra todas las normas sociales y transgreden todas las leyes.

Esta sociedad está en crisis y solo nos limitamos a criticar pero nadie pretende poner solución. No hay minuto, hora, día en que no se nos transmitan noticias negativas, ya no las políticas que están siempre cocinándose o en el departamento de víveres para su salida al fogón, sino aquellas otras que son básicas y donde se genera y arranca el mal social y que hoy queda relegado. Me refiero al principio básico y original del ser humano: la familia. Cuando se afirma que la familia es la célula básica de la sociedad, se está reconociendo que su naturaleza, funciones y aportes, son fundamentales para el desarrollo económico y social de las naciones. Hace unos años había un slogan que decía: familia que reza unida, permanece unida».

Decir esto hoy con matices religiosos es de carcas y basar los principios sociales en soportes religiosos en una sociedad indiferente parece que es considerar la religión como base social. Aún así, pudiera ser que la religión fuera temor, pero ya no existe para una parte de la sociedad. Lo que importa es tener principios y quienes se reafirmen en los mismos resulta indiferente que procedan de personas: ateas, agnósticas, religiosas. Por tanto, no se deben banalizar, se deben tomar como ejemplo de actuación. No importan de donde vengan ni quien las diga lo que importa es analizar su contenido y favorecer las actuaciones.

El ser humano casi siempre ha tendido a agruparse bajo formas familiares muy similares, procurando un sentido de pertenencia, seguridad, estabilidad y trascendencia. Independientemente del contexto geográfico, cultural e histórico, el ser humano ha escogido alguna modalidad familiar para procrear y cumplir con las funciones naturales y fundamentales de cuido, crianza y formación de los hijos. Cuando se afirma que la familia es la célula básica de la sociedad, se está reconociendo que su naturaleza, funciones y aportes, son fundamentales para el desarrollo económico y social de las naciones.

Reconociendo ese papel fundamental de la familia, las Naciones Unidas acordó en 1993, que cada 15 de mayo se celebre el Día Internacional de la Familia, con el propósito de invitar a los Estados miembros a promover el estudio, la reflexión, la protección y el fortalecimiento de la familia en sus respectivos países. Las familias son fundamentales para el desarrollo integral de la sociedad. Familias fuertes, saludables y sostenibles, derivan en sociedades fuertes, saludables y sostenibles. Por el contrario, un debilitamiento de las estructuras y dinámicas familiares impacta desfavorablemente en la sociedad, al provocar problemáticas que afectan los indicadores de bienestar en los miembros de los hogares, especialmente de los menores de edad.

Cuando los indicadores de bienestar se deterioran a nivel familiar —produciendo desatenciones en el cuidado de los niños, abandono escolar, aumento de adicciones, violencia intrafamiliar, entre otros—, el Estado debe responder con programas y proyectos que mitiguen las diversas problemáticas, las cuales pudieron evitarse o reducirse con una atención y protección oportunas a las familias.

El mundo de hoy se enfrenta a desafíos importantes. Las familias han reducido su tamaño, han cambiado sus conformaciones, y sus dinámicas se han vuelto mucho más complejas. Por su parte, los hogares monoparentales —principalmente a cargo de mujeres— han aumentado, elevando igualmente los problemas de pobreza asociados con esta realidad. Hijos abandonados por sus progenitores que quedan a merced de una ambiente social muchas veces dañinos y perversos. Mujeres, indefensas, sin formación, sin trabajo deben afrontar en precario la educación de los hijos. Cada vez más se plantea la necesidad de promover políticas familiares, con el objetivo de responder a las necesidades y desafíos que presentan las familias.

Hoy la familia, los vástagos han entrado en crisis. La desestructuración familiar se ha agravado por la carencia de un trabajo. Por desgracia, hoy los medios de comunicación no ayudan, no favorecen a la sociedad. Todo es banal. No hay un medio de comunicación que tenga un programa que incite a trabajar. No. Todo lo contrario. Las programaciones incitan más a lo superfluo e inclusive hay programas que parecen más a educar en el ocio, en el placer. Hoy los adolescentes, jóvenes no se les educa ni se les incita para preparar y enfrentarse a un trabajo. No. Hoy es todo trivial y parece que hay otros estímulos más placenteros y fáciles ya que con determinados golpes de imaginación vamos a afrontar el bienestar sin lograrlo por los medios lícitos, fruto de una educación.

Los poderes públicos no afrontan la realidad social de los jóvenes con firmeza. Las instituciones tienen los ojos tapados ante la crisis social de los adolescentes y jóvenes. Indirectamente han propiciado un desajuste social y muchas veces son torpes ya que los árboles no dejan ver el bosque.

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Hoy, costumbres sociales están minando la savia juvenil. Los estupefacientes están horadando las mentes de los adolescentes. La violencia se está apoderando de la sociedad. No hay día que no tengamos informaciones negativas: violencia de género, violencia en general. Nada se resiste. Nada se respeta. La vida humana tiene un valor relativo. Hemos abandonado de nuestras conciencias el valor, el temor. A diario atentamos contra el ser humano. Asumir y profesar sin discriminación el respeto y consideración al semejante, la solidaridad, la responsabilidad, la sinceridad o la dignidad y la honradez, constituye los valores y principios necesarios para el progreso de cualquier sociedad civilizada. Lo contrario es la ignorancia y la incultura, y como resultado el enfrentamiento social, el odio, la envidia y el analfabetismo funcional que tienen como única meta la supervivencia doméstica a cualquier precio y bajo el sistema hipotecario que proceda. Y sin árboles no hay bosque. Algunos opinan que en esta sociedad de la abundancia disminuirá el suicidio, el alcoholismo, la drogadicción, la inseguridad ciudadana y la delincuencia. La Historia nos ha demostrado que no ha sido ni es así. No pretendo ser pesimista pero la realidad hoy es que la sociedad no es propicia ni favorece a la cédula básica: la familia y sin este valor esta sociedad ¿a dónde va?