Diario de León
Ana Gil
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León

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Yo quiero pagar impuestos. Sí, sí, como lo oyen. No tengo inconveniente en hacerlo y aunque lo tuviera tampoco me quedaría más remedio, ya lo sé. Pero lo hago con gusto. Lo que me molesta es que mi dinero y el de la mayoría de los españoles se gestione mal o, al menos, no tan bien como debería.

Lo que me quitan en la nómina y lo que me cargan en la cuenta a modo de tasas, que no es poco, lo pago no sin esfuerzo, pero entiendo que es uno de mis deberes como ciudadana de bien. Porque lo lógico es que vaya a donde tiene que ir: a sufragar eso que llaman el estado del bienestar.

Pero la realidad no es siempre como uno espera y dicen que todos somos iguales pero lo cierto es que nuestras cuentas bancarias no. Lo digo por la negociación que se traen entre manos el PSOE y Podemos. Aquí es hablar de subir impuestos y helársele a uno la sangre. Que no estamos para financiar los cafés a menos de un euro en el Congreso ni para ampliar el Parque Móvil del Estado, que acaba de sumar un nuevo vehículo a sus 643. Una aberración.

Yo lo que quiero es que mi dinero se destine a cosas que nos repercutan a todos, no que beneficie sólo a unos pocos. Que esa esquilmada hucha común que son las arcas del Estado pague una educación a la altura de las necesidades de ahora, no de la de hace décadas. Que las guarderías no supongan un lujo y que la universidad esté al alcance de todos. Que este sistema sanitario que es una de nuestras joyas se mantenga (y que de paso no se abuse de él) y se reduzcan las listas de espera y que los pensionistas lleven una vida digna antes de pasar a lo que quiera que haya después.

Impuestos, si, pero yo no quiero que mi dinero se destine al despilfarro político, sino al bienestar social. Lo que se llama progreso, vamos.

Que los bancos y las multinacionales paguen más me parece bien. Que se cuide a las pymes y a los autónomos, también. Que los pilares del progreso se hagan más fuertes, por supuesto. Pero que nuestros euros sea para eso, porque nunca sabemos muy bien a dónde van nuestras obligadas aportaciones económicas. Eso si, más nos vale pagarlas.

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