Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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En Colorado, un niño de nueve años se ha suicidado, tras haber sido acosado en su colegio porque se declaró gay. No hay lugares lejanos cuando se trata del sufrimiento de los inocentes. Jamel era guapo, rizoso y de expresión simpática. Unos críos le dijeron que lo mejor que podía hacer es quitarse la vida. Pobrecito. Pobre familia. Y pobre acosadores, que a medida que crezcan irán descubriendo la atrocidad. Cuánto amor en todas las direcciones de la tragedia será necesario para reparar lo irreparable. Este año un gay ha estado un mes en coma por la paliza que le dio el portero de una discoteca, en Murcia, enfurecido por verle besándose con otro. Le han quedado secuelas. Hace unos días, un joven fue linchado en la puerta de una sala de fiestas, en Alcorcón. El fardo de la homofobia es pesado. ¡Qué viles nos parecen ahora todos aquellos chistes sobre “maricas”, que nos hacían reír en la adolescencia y en la juventud! ¡Qué injuria difundir, aunque sea como chanza, que no te puedes agachar delante de uno de ellos, o coincidir a solas en un ascensor! ¡Qué monstruoso que se nos inculcase que los crímenes más brutales eran los cometidos por “invertidos”! Todo eso, que formó parte de nuestra cultura cotidiana también se merece una memoria histórica. Cuántas generaciones perdidas para el amor feliz, no solo para el ejercicio de la sexualidad.

En días pasados unas declaraciones del Papa sobre la conveniencia de que los jóvenes gais puedan recibir asesoramiento psiquiátrico han debido ser matizadas por el Vaticano. ¡Por Dios, Bergonglio es argentino! Acaba de reconocer que él mismo había recibido tratamiento psicoanalítico durante la dictadura, para resolver conflictos emocionales provocados por la situación. La intolerancia está en otras trincheras, no en este buen Pontífice, ya con demasiadas cruces al hombro.

Normalidad es la palabra adecuada, y debe empezar en las casas y en los colegios, lejos ya de aquellos chistes enfermizos. Inculquemos mejor que uno de los cuentos más bellos y cristianos de la histori de la literatura, El príncipe y la golondrina, fue escrito por un mártir de la homosexualidad llamado Oscar Wilde. Él habrá salido a recibir al pequeño Jamel, a las puertas del cielo.

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