al trasluz
Pequeño gran paisanín
Luca, un pequeño leonés de de cuatro años ha salvado a su madre, quien se había desvanecido por un bajón de sus niveles de azúcar. Fue capaz de llamar por teléfono a urgencias, según el protocolo de actuación que se le había enseñado en casa. La noticia ha salido en todos los informativos. Y además, a la vez, cuidó de su hermano de días. A los cuatro años, los más listos de mi generación solo sabían decir: «Melchó, Gazpargg y Batasar». Y quizá el listo de la escalera alcanzaba a farfullar: «Gibraltar, español». Es más, con cuatro años este servidor a la metralleta le llamaba «pororeta» , creía que la perrita Marilin hablaba y que el ratoncito Pérez tenía una fábrica de duros. A esa edad era feliz, pero incompetente. En cambio, nuestro paisanín, vecino de San Miguel del Camino, a sus cuatro septiembres ya tiene un máster en eficacia. A todos nos han machacado con las comparaciones odiosas, pero eran a partir de los siete. Ya saben: «Aprende de tu primo Anicetín, que sabe mover las orejas con la mente», «Tu prima Tinita sabe decir los reyes godos en godo», «El hijo del vecino del sexto tiene un año menos que tú y no se mete el dedo en la nariz», «La niña del carnicero es capaz de recitar la tabla de nueve mientras da la voltereta»… en fin, lo normal en el franquismo tardío. A mí , a los cuatro lo único que me interesaba era la merienda, a parte, claro, de qué fue antes el huevo o la gallina, pero por curiosidad, tampoco es que me quitase el sueño. Bastante tenía uno con saber decir correctamente: «Soy del Real Madriz».
La preciosa foto de Fernando Otero que publica ayer este periódico hablaba por sí sola. Qué cara más pizpireta. Este columnista a Luca le dejaba las llaves de mi coche nuevo, pues aunque no conduzca tengo medio de transporte, permítaseme —por una vez— un chiste privado.
Miguel Ángel Zamora plasmó muy bien el oro de la noticia, al viejo estilo del periodismo de siempre. A mayores de la hazaña telefónica, transmitió sin decirlo de forma expresa que allí había una familia que se ama. Para ello, hay que saber verlo. Por cierto, compañero, una preguntina: «¿tú a los cuatro sabías no ya dónde estaba el teléfono sino dónde tenías el esternocleidomastoideo?» Pues ya somos dos.