Gaveta final
Publiqué mi primer artículo en el Diario de León hace 34 años y hoy publico la última. La primera era una ficción humorística y se titulaba La República Independiente del Bierzo. En la primera yo tenía 31 años recién cumplidos, y ahora tengo 65. Cuando la primera no había publicado ningún libro y luego han venido doce o trece, y tres más están en puertas. En la primera yo era un joven leonés que llevaba diez años fuera del Bierzo natal, y estaba a punto de nacer mi hijo. En la última, llevo 44 años fuera de la comarca y, curiosamente, nunca me he ido de las riberas del Sil, ni de la emoción que me produce ver o recordar el pico de la Aquiana. Un elemento clave de esa permanencia son mis 1.500 colaboraciones en la prensa leonesa; más de mil en este periódico.
Hoy solo tengo palabras de satisfacción por haber podido escribir tanto y por haber podido entrar en la cotidianidad de muchísimas personas. Es un privilegio con el que soñaba desde niño. Estoy muy agradecido al diario y a sus directores, quienes, aunque apenas me conocieron en persona, porque vivo desde 1976 en la querida ciudad de Valencia, me acogieron con gran generosidad.
Durante 34 años he podido publicar con total libertad. No pocas veces en clave heterodoxa, tanto por la temática como por la forma. He tratado siempre de ofrecer un texto cuidado, a ser posible divertido. Obviamente, no todas las veces cumplí las expectativas. Pero nunca dejé de contar lo que pensaba y sentía sinceramente. Desde una total independencia, que viene del ejemplo de mis padres y de las personas que más he admirado. Esa autonomía hizo que bastantes lectores no pudieran encasillarme. Es una buena señal.
Le deseo al Diario de León un futuro sólido y fecundo, en estos tiempos tan complicados para la imprescindible prensa escrita. Y quiero recordar aquí a mi buen amigo Vicente Pueyo, jefe de opinión del diario durante años, un gran aragonés que era todo nobleza y bondad, y que se fue tan pronto. Y ya solo me queda enviar un afectuoso saludo a mis lectores. La vida sigue y yo soy feliz porque mis días son laboriosos y bellos. Y con esta despedida, que abre un tiempo nuevo para mí, también os comunico mi propósito de continuar en la palabra, el compromiso, la libertad y la alegría. Así como mi anhelo de perseverar en el amor raigal a mi tierra leonesa, amor compatible con una vocación universalista que creo sentir desde adolescente, cuando me pasaba las tardes en Ponferrada, mirando mapas y elaborando a mano inocentes periódicos infantiles que solo leían mis padres. Por último quiero resaltar que más que leonés y berciano, me siento español. Hijo de una gran nación que posee una riqueza histórica, humana y artística extraordinarias. Soy, como vosotros, uno más de los 600 millones de hijos del idioma castellano, uno de los grandes tesoros del planeta. ¡Hasta siempre!