Diario de León

TRIBUNA

Dólares para comprar el silencio

Publicado por
EUGENIO GONZÁLEZ NÚÑEZ PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE MISSOURI-KANSAS CITY
León

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D icho así, sin más explicaciones, el asunto no va muy lejos, y como perdiz alicorta, va a caer, pero seguirá apeonando hasta perderse entre la maleza, como ocurre a diario en los diferentes países del mundo con mangantes y estafadores, mientras el pueblo siga apoquinando los impuestos y los sinvergüenzas de turno, atropándolos para su montón. De todos modos, mi tema de hoy, toma proporciones de mayor indignidad y vergüenza cuando esos dólares van a comprar el silencio de víctimas inocentes, amordazadas por el miedo, que no pudieron ni defenderse ni gritar. Dólares que van a pagar crímenes de personas que por años se han protegido y amparado como consagradas, dedicadas a hacer el bien, a dar ejemplo, testigos de la virtud, defensoras de la inocencia. La vergüenza es que quien paga es la Iglesia católica de los Estados Unidos, rica por las abundantes y generosas donaciones de muchos fieles, y que maneja millones de dólares —¡ya no tantos como antes!—, como los monaguillos españoles de los años sesenta acariciábamos las pesetas ‘rubias’. Dólares, que en muchas situaciones cayeron en los conventos y parroquias lanzados por encima de las tapias, y fueron lavados en la pila bautismal, por lo que algunos ingenuamente creyeron que el agua bendita purificaba el dinero sucio para pagar conductas criminales. ¡Y la Iglesia lo sabía!

Más de cuatro billones de dólares —no los pongo en pesetas, porque no quiero que nadie sufra mal de altura—, ha pagado la Iglesia católica norteamericana para comprar el silencio, resarcir a los inocentes y callar los abusos sexuales de cientos de sacerdotes. Son cifras astronómicas dedicadas a costear el crimen de quienes siempre presumieron de practicar la virtud… Minorías virulentas que incubaron el ansia de poder, de placer, a costa de los más inocentes, en una serie abrumadora de abusos contra seres desprotegidos, pensando que el dinero lo compraba y lo pagaba todo: la vida ajena, el poder absoluto, el sexo fácil… el cielo.

En seis diócesis de Pennsylvania —de las más de 195 que hay en los Estados Unidos—, 300 sacerdotes depredadores cometieron abusos sexuales contra más de 1.000 niños. El escandaloso drama sigue siendo que los inocentes ni fueron ni son creídos, mientras los pedófilos hipócritas sí fueron avalados y protegidos. Fácil recordar que Jesús practicó todo lo contrario. «Vergüenza y pena me da», dice el papa, porque a tantos «les robaron la dignidad y la fe». Por todo ello, el papa, en Irlanda, pide perdón, búsqueda de justicia y apoyo incondicional a las víctimas. El Fiscal General del Estado de Pennsylvania lo sabe y, desgraciadamente, ¡también Roma lo sabía!

Cuando las campanas suenan en Pensilvania, en Irlanda, en Australia, en el Vaticano, en… los oídos de muchos católicos zumban atónicos y abrumados por el escandaloso y estremecedor reporte que involucra a miles de sacerdotes, obispos, cardenales envueltos en omisiones y en abusos sexuales a niños. Sacerdotes de sus propias iglesias, a los que un día creyeron veraces, sanos, limpios y les confiaron a sus hijos en seminarios, conventos, parroquias, asociaciones. El escándalo de la pederastia asola y «llena de vergüenza y arrepentimiento» al propio papa Francisco, a todos los creyentes y no creyentes, no solo en los Estados Unidos sino en todo el mundo. Para muchos, la reconciliación con su fe en la Iglesia católica será un proceso largo y dependerá de cómo los líderes eclesiásticos, incluyendo al propio papa, respondan a los informes ecleiásticos y civiles, y a la probabilidad de que se presenten nuevas denuncias en contra de otros sacerdotes.

Y si hablamos de celibato. ¿Es realmente célibe el clero? Bien sé que mi pregunta provoca socarronas sonrisas en unos, y ofendidas protestas en otros. Por ello, dejemos ahí la cosa, porque cada quien bien sabe lo que en su corazón se cuece. Solo decir, de pasada, que en el tema de la heterosexualidad de un colectivo que se proclama célibe, el celibato para muchos sacerdotes se convierte en frustración, soledad, alforja pesada, más que en fuente de virtud y de edificación para los creyentes. El tan proclamado y exigido, inseparable, intocable binomio sacerdocio–celibato, a estas alturas y en estas circunstancias, bien merece una seria, profunda y humilde revisión.

La Iglesia católica no logra respiro. Le crecen los casos de sacerdotes de conductas intolerables, y las más altas y encopetadas jerarquías del siglo pasado han sido puestas en tela de juicio por desleales al ocultar la verdad de lo que hoy causa tanto horror y vergüenza. Desde todos los medios, las acusaciones no cesan. El silencio y el ocultamiento solo sirvieron para encarnizar y emponzoñar más las heridas y prolongar el sufrimiento de los inocentes y el mercadeo vil de los descaradamente aprovechados. El silencio y el ocultamiento fueron por decenios parte de una equivocada estrategia jerárquica.

Hoy no puedo terminar mi artículo sin que algo me queme en el alma. No quiero callar. ¿Será Francisco un encubridor de los supuestos abusos «del acusado, ya recluido y apartado de sus funciones», el cardenal norteamericano Teodoro E. McCarrick?

Porque amé y sigo amando a la Iglesia católica, en el alma, que no en las mejillas, me escuece, me quema todo lo que está pasando — y puede pasar—, porque una parte de la Iglesia lo sabía y cínica y cobardemente lo ocultaba. ¿Lo seguirá ocultando…?

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