TRIBUNA
El año de la gripe
E ste año se cumplen cien de la pandemia que en 1918 dejó por medio mundo un rastro de muertos contados por millones. Sorprende que tal mortalidad fuera causada por una gripe, una simple gripe, diríamos hoy, que además se llamó española, pero no precisamente por razones de pura técnica analítica, como sería lógico esperar, sino de propaganda no menos pura y tóxica. Ya entonces se alzaron voces y protestas de entonación jocosa contra semejante bautizo, y así los denunciantes se preguntaban si el responsable había sabido la nacionalidad del microbio por su acento o porque llevaba una guitarra al hombro o tal vez porque a los afectados les gustaban los toros. Los tópicos clásicos sobre España fueron así hábilmente utilizados para que de ese modo paradójico el extraño bautizo se mostrara con todo el absurdo de su relieve a la vista.
Pero es que el mundo estaba en guerra, la llamada Gran Guerra, y ya se sabe que la primera víctima de la guerra es la verdad, censurada con mano militar en los países implicados, que le endilgaron la indeseada paternidad a la neutral España. En realidad el virus viajó desde USA y se propagó por Europa y el resto del mundo, cuando los ejércitos extendieron el contagio sobre multitudes inermes. Y cuando estas se congregaron para celebrar el fin de la guerra, la alegría desatada en masa por la noticia multiplicó el contagio de la gripe. Los muertos se contaron por millones, entre 25 y 50, muchos más según otras estimaciones, víctimas de un oscuro ejército indetectable en una guerra ahora silenciosa, que los fue a buscar en sus propias casas y en las calles, plazas y descampados de pueblos y ciudades.
Las cifras de la catástrofe parecerían impensables en aquellos que ya eran tiempos modernos industriales, lejos de otros siglos oscuros y otras epidemias y pestes negras.
En 1918 la vida en el campo mantenía su viejo ritmo al margen de modernidades. Cuatro años más tarde en junio de 1922 fue el viaje del rey Alfonso a Las Hurdes. Ya hubo entonces quien llamó la atención sobre otras regiones en parecido estado de postración y atraso. Diez años después de ese viaje y ya sin rey, en 1932 tres diputados comisionados por el Congreso hicieron un viaje a Cabrera. Tras su informe, por decreto del Gobierno, en 1934 se añadieron al Patronato de Las Hurdes las llamadas Cabreras leonesas, porque una llevaba la fama, pero había más, que el decreto calificaba de «lacras nacionales» a causa de este trío desolador: «miseria, aislamiento y abandono»; es decir, además de Cabrera, los municipios de Peranzanes, Balboa, Barjas y Oencia.
Pero volvamos a Cabrera en el año de la gripe. Por entonces los pueblos estaban al máximo de una población con la economía clásica de pura subsistencia. Las condiciones de las viviendas, con frecuencia apelotonadas en breves espacios en pendiente, no favorecían precisamente la salubridad general y por otra parte las carencias nutricionales con su efecto en la merma de defensas dejaban el paso libre al avance de las enfermedades infecto-contagiosas. En cuanto a las venidas de fuera, la misma reclusión de los pueblos en un ámbito remoto y apartado, sin conexión con el exterior, se alzaba en cinturón de seguridad contra las epidemias, pero una vez saltado este, tenían campo libre y bien labrado para propagarse. Así pasó en 1918 con la gripe y los datos consignados en libros parroquiales de registro de defunciones lo confirman e ilustran dramáticamente.
Recordemos algunos. En 1918 La Baña seguía contando poco más o menos con los 1.100 habitantes que aparecían en un nomenclátor diocesano de 1901. Ese año murieron 93 personas, 36 de ellas párvulos, es decir, de menos de siete años, edad de uso de razón, pero hay que suponer que en este caso solo con meses de vida. La cifra no deja de ser espeluznante, no importa que no todos murieran de gripe, como se puede apreciar en comparación con los 24 fallecidos el año anterior y los 15 del siguiente. Las condiciones de pobreza, sobrepoblación y hacinamiento fueron el caldo de cultivo para un impacto brutal que se cebó en los más débiles. En el bienio 1918-19 murieron en Odollo, que contaba con unos 500 habitantes en condiciones muy parecidas, si no idénticas, a las de La Baña, 75 personas, 45 de ellas párvulos. El momento crítico fue en octubre del 18, con 26 muertes. Corporales en la Cabrera Alta y con una población semejante a la de Odollo, sirve de curioso y feliz contraste: los fallecidos en el bienio fueron 28 y solo 8 párvulos. Aun contando con que la mayoría fueran por gripe, el impacto fue más leve y en ello algo tendría que ver la misma situación del pueblo en espacio abierto a 1200 metros de altura, batido por los vientos, así como la disposición de las viviendas en terreno más apacible y no tan apiñadas; (por comparar: doscientos años antes, en 1711 y sin gripe los muertos fueron 34, 20 de ellos párvulos).
Durante muchos años ese de la gripe sirvió de referencia para datar la vida antes o después. Por vía oral, sobre todo en ese espacio emblemático para la transmisión que fueron los seranos, circularon historias de sombrío aliento, que repetían una larga letanía de muertos amontonados y familias diezmadas en casas desiertas, mientras las campanas doblaban sin cesar enloquecidas en los pueblos tristes, inconsolables.