TRIBUNA
Expropiación de la salud
H ace tiempo, el saber popular que conforma la cultura de los pueblos y que se transmite de generación en generación, era predominante. Ese saber estaba marcado, aunque no siempre, por el sentido común. En cuestiones de salud, el sentido común se traduce en conocer lo que es beneficioso o perjudicial.
Eran las mujeres, como no, las que se encargaban de las tareas del cuidado de la familia y del proceso de cuidar y curar, siempre según sus posibilidades culturales y económicas. En raras ocasiones los hombres participaban en estos menesteres, siempre menospreciados y tratados como tareas menores.
Es cierto que las penurias económicas de la mayor parte de la población, las dificultades de acceso a una buena alimentación y a una higiene básica (muchos pueblos no tenían agua corriente en sus casas), así como la falta de equidad en el acceso a tratamientos y a los avances médicos, hacían que la esperanza de vida de la España de los años 50 fuera considerablemente menor a la del resto de Europa.
Está claro que tanto las cuestiones económicas como la educación, que generalmente van de la mano, eran y siguen siendo fundamentales en esto de la salud. Además, los avances en la atención al parto gracias a las matronas y la lucha contra las principales enfermedades infecciosas junto con las mejoras sociales que, a base de mucha lucha, iba consiguiendo la clase obrera, hicieron que fuera aumentando nuestra esperanza de vida.
Pero el desarrollo llegó a nuestras vidas, y tras un período en el que el acceso de la mayoría de la población a estas mejoras aumentó la calidad y esperanza de vida de las personas, fue llegando, y no de forma casual otro proceso distinto: La mercantilización de la salud. Y con ella, necesariamente, su expropiación para generar beneficios.
El saber popular se fue perdiendo, desacreditado de manera deliberada, paralelamente a la pérdida del sentido común. Se olvida lo social y comunitario, las opiniones de expertos y la gestión de la tecnocracia comienza a dar sus frutos en forma de ganancias para las empresas, en especial, las farmacéuticas.
Vivimos inmersos en la era de la información y, a pesar de ello, nunca hemos estado tan desinformados. Nunca el pensamiento crítico había estado tan mermado.
Hemos llegado a un momento en el que somos incapaces de vivir, sentir, pensar, crecer, sufrir o tomar decisiones sobre la mayor parte de nuestros procesos vitales sin el consejo de expertos de distintos campos. Las enfermedades tienen sus causas, es un saber científico; pero es la persona quien sufre los efectos de la enfermedad y hay que ponerse en su lugar para comprender e intentar la curación. Sin embargo, hemos perdido el poder sobre nuestras vidas. ¿Qué es lo que le importa al paciente en realidad? La medicina actual evita esta pregunta. Pero sobre todo, el campo donde es más evidente este proceso es en el de la salud. Necesitamos más que nunca un diagnóstico que justifique nuestro sufrimiento, aunque ni siquiera seamos realmente personas enfermas. Necesitamos el consejo de la persona profesional, el especialista, el gurú que nos llevará a conseguir lo imposible: vivir para siempre, la nueva fuente de la juventud. Queremos píldoras para la felicidad, para una vida perfecta que el capitalismo promete para satisfacer sus propios intereses frente a una realidad muy distinta.
Los médicos, en general, sobrevaloran las causas biológicas, bioquímicas, genéticas o las modificaciones anatómicas que explican algunas enfermedades. Suelen dar menos importancia o ninguna, a las psicológicas y sociales. Por eso consideran básicamente el aspecto biológico de la salud.
Es imprescindible la visión del paciente y sus familiares. Lleva a respuestas más prácticas, útiles y menos costosas. Ignorar esta visión es expropiar la salud.
Hay medicamentos para casi todo. Las fases vitales por las que pasamos las personas en el transcurrir lógico de la vida han sido convertidas en un objeto mercantil. Pastillas para que las niñas y niños no se muevan demasiado, comida enlatada que se vende como saludable, estatinas para el colesterol, píldoras de juventud, para mejorar nuestros huesos, fortalecer los músculos, productos para la calvicie, la infertilidad, para no pensar… Para ajustarnos a los cánones que nos marcan las multinacionales. Mientras nos venden comida basura y dejan que el planeta se sumerja en el caos ecológico, nos venden también los remedios para curarnos de esto mismo.
También, los diagnósticos con frecuencia imponen una estructura cultural que no es inocente pues implican un juicio de valor acerca de las conductas.
Cada paciente es un mundo. Así las percepciones de sufrimiento son muy distintas incluso para enfermedades o problemas de salud iguales. Cada persona tiene una historia propia, por eso, el impacto de una misma enfermedad es diferente en cada una, dependiendo de sus características. Las enfermedades suelen ser de carácter temporal y desaparecen, aunque también pueden ser crónicas o permanentes. Y en este caso, la aceptación de la enfermedad y afrontarla es muy importante para combatir sus efectos.
Y sobre todo, en el momento en el que el ser humano envejece, cuando se acerca la muerte, que el sistema reconoce más bien como un fracaso que no puede soportar, en un mundo que ni siquiera se permite pasar por momentos de duelo sin ansiolíticos de por medio, se esconde a las ancianas y ancianos, encerrándolos entre muros y arrebatando a la vejez su dignidad, su libertad y sus derechos al final de la vida.
Mención aparte merece la mercantilización del cuerpo de la mujer, a las que venden todo tipo de productos milagrosos para que no escape a sus cánones heteronormativos y tomando decisiones por ellas en cuanto a sus cuerpos y al proceso reproductivo, algo que sólo a nosotras pertenece.
Enfermedades como el ictus, infartos y diabetes, de gran prevalencia en nuestra sociedad podrían combatirse mediante fórmulas educativas y de ámbito social. La reducción del estrés, de la mala alimentación, relacionada tanto con el consumismo como con el avance de la pobreza, la salubridad del entorno, la ecología, la medicina del trabajo y la participación activa y consciente de la población en la toma de decisiones serían mucho más eficaces y menos costosas en términos de eficiencia social y de mejora de la calidad de vida. Necesitamos más sentido común y más atención primaria y menos estatinas; y volver, a través de un sistema preventivista y social a la medicina de los cuidados. No se trata de renuncia a los avances médicos, sino de aprender a usarlos y no dejarnos manipular por intereses economicistas. Necesitamos mejor medicina y mejores cuidados.
Se trata de no dejar que expropien nuestra salud y nuestras vidas.